El día que subí un volcán



Eran la 6 de la mañana y un sonido conocido a lo lejos me despertó.  Los Ángeles Azules sonaban en el pequeño pueblo guatemalteco, San José Calderas, al que llegué el sábado por la tarde. Intenté remolonear un poco más en la cama aprovechando que Tashi dormía plácidamente y todavía no era su hora para salir a orinar. Pero después de un rato en la cama, empecé a escuchar que ya había vida en el patio de la familia que me acogía esos días y decidí ponerme en pie.

'Llegó el día', pensé. Había estado dándole vueltas a cómo celebrar mi cumpleaños número 37, ahora que estaba tan lejos de toda la gente a la que quiero y de pronto lo vi claro: subir a 4 mil metros de altura y recibir los primeros rayos del sol desde el Acatenango, tercer volcán más alto de Guatemala se me antojó el plan perfecto.


Contraté un tour con una familia que se dedica a guiar turistas desde hace años y que tenía muy buenas referencias en un grupo de viajeras furgoneteras en el que estoy. No me lo pensé dos veces, mi espíritu aventurero no es tan temerario como para subir sola un volcán con mi poca experiencia montañera. Y haber elegido esta empresa fue un acierto. Me recibieron en su casa, donde pude aparcar la camioneta y dormir calientita. La empresa se llama ASOAVA por si alguien busca referencias.


El domingo por la mañana tocaba prepararme para mi 'gran reto. Llegó Maynor, mi guía, y a las 9 de la mañana estaba despidiéndome con un abrazo y beso de las tres pequeñas hijas de Catalino, el propietario del negocio, que nos habían acompañado al inicio de la ruta. Su cariño y entusiasmo le sentó bien a mi corazón y empecé a subir con mucha alegría en compañía, por supuesto, de Tashi.


Pronto descubrí lo que sospechaba desde que decidí hacer esta excursión: mi condición física estaba hecha un asco. Atrás se quedaron los paseos en patines, las retas de voleibol, los entrenos de rugby y las excursiones a las montañas andorranas y eso mi cuerpo lo notó. Mientras subía poco a poco, parando cada 5 minutos, decidí mentalmente que eso tenía que cambiar y aquel era un buen momento para empezar.


Una media hora antes de llegar al campamento, oí un estruendo y me espanté. Le pregunté a Maynor qué era y me dijo que el Volcán de Fuego. Pocos minutos más tarde, al avanzar por una curva, delante de mis ojos ahí estaba, coronado por una gran fumarola. ¡Me emocioné tanto! Era la primera vez que estaba tan cerca de un volcán activo y que escuchaba los ruidos de la Tierra que emergían de él. Me sentí tan pequeñita en este mundo y agradecí estas oportunidades que me da la vida de aprender a relativizar aún más las cosas.


Después de cinco horas andando llegamos al lugar donde pasaríamos la noche. Era una pequeña terraza natural que tenía la mejor vista posible. No podría imaginarme nada mejor. Delante de mí se extendía el cielo infinito, abajo quedaba la capa de nubes que cubría las poblaciones cercanas y el volcán, perfecto, arrojando fuego caprichosamente. El silencio del lugar se interrumpía por las explosiones y luego otra vez la calma. Algunas voces lejanas de más excursionistas llegaban de tanto en tanto a mis oídos. Me quedé embelesada y la capa blanca poco a poco se fue pintando de rosa.


Maynor me explicó que saldríamos de madrugada para llegar a la cima a tiempo para ver la salida del sol. Y pronto se puso a armar una fogata para calentar la comida que llevábamos. Es un hombre joven de edad, pero con apariencia de alguien que ha llevado una vida dura. Apenas tiene 32 años. Está casado y tiene 5 hijas, la mayor de catorce. Cuando le dije que había tenido hijos a muy temprana edad, me miro con una mirada extrañada y me dijo que no, que se había casado a los 18. Me contó que desde los 10 había empezado a fumar y a tomar y que desde hacía 2 años se había alejado de todos los vicios cuando empezó a profesar una religión evangélica. Me contaba de sus hijas y de su hijo con cariño, me explicó que la más grande ya no quiso estudiar, pero que el resto si van a la escuela. El trabaja en diferentes áreas: carpintería, mecánica, en el campo, las excursiones y lo que salga. También tiene un negocio de venta de verduras que su esposa atiende. Un gran logro, pensé para mí, en estas comunidades donde escuché decir a un hombre que el lugar de la mujer es en la cocina. Mientras lo veía picar cebolla, me contó que él había crecido sin mover ni un solo dedo en la cocina, bajo el cuidado de su abuela paterna que le enseñó a no hacer nada en la casa. Después, se fue a trabajar a México y a Estados Unidos y allí le tocó aprender a valerse por sí mismo. 'Ya no me da cuidado andar en la cocina', me dijo, mientras removía la cebolla en la sartén.


El sol se iba ocultando poco a poco y entonces el espectáculo de la naturaleza pasó a ser extraordinario. Cada explosión se iba tiñendo más y más de un color rojo ardiente. Me lo había dicho Maynor, 'a las 6 de la tarde esto se pone más bonito'. No podré olvidar nunca lo que mis ojos vieron. Cuando se hizo de noche, la imagen más apoteósica que he visto nunca se presentó ante mi: el Volcán de Fuego en su máximo esplendor, haciendo erupciones que parecía iban en crescendo. 'Fueeeego' grito algún turista perdido en la oscuridad en alguna otra parte del volcán y le siguieron aplausos y chiflidos. Sentí una emoción inmensa en mi interior. Estaba ahí.



La cena transcurrió entre charlas y silencios con Maynor, entre carreras mías poco fructíferas para tratar de fotografiar y grabar el espectáculo y más gritos emocionados de gente que no había notado su presencia hasta ahora. Me retiré a la casa de campaña donde dormiría, me cobijé con el saco de dormir porque el frío empezaba a colarse por los huesos y me quedé absorta, esperando que la oscuridad de la noche se viera alterada por esas expulsiones de lava que brotaban salvajes.


Estar ahí me llevó de vuelta a otra noche en Guatemala hace 24 años. En aquella ocasión, yo tenía 13 años y había viajado con mi madre a este país para acompañar a nuestra querida Libertad. Una noche nos encontramos con un amigo-ahijado y su esposa, un chico que había vivido en la calle y que había logrado salir de esa situación. Recuerdo el cariño y agradecimiento inmenso que le tenía a Libertad. También recuerdo que estábamos en la terraza de su casa y, desde la comodidad de nuestras sillas en la Ciudad de Guatemala, de pronto la charla se interrumpió con un 'miren', mientras nuestro anfitrión nos señalaba al horizonte y allí vimos la erupción de un volcán. No sabré nunca cuál fue, pero recuerdo que me impresionó. Carlos comentó que era algo muy habitual en Guatemala, que lo disfrutáramos. Y siguieron con la tertulia mientras yo me perdía en ensoñaciones de viajes al estilo Verne.


Cuando pensaba qué hacer el día de mi cumpleaños, me debatía entre buscar estar en alguna ciudad donde hicieran actividades y marchas para conmemorar el Día Internacional Contra la Violencia Hacia las Mujeres o seguir lejos, en pequeños poblados donde estos días pasan indiferentes a la vida cotidiana. Esta vez creo que necesitaba reconectar con este pedazo de mundo que me traía tantos recuerdos de mis primeros viajes con mi madre y que evocaba de manera tan lúcida la presencia de Libertad en mi vida. Así que decidí que éste sería mi regalo para esa Yo adolescente de 13 años ansiosa por comerse el mundo a mordidas y para esta Yo de ahora que con 37 años más bien me gusta saborearlo lentamente.

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Si quieres seguir en imágenes la ruta que estoy haciendo, puedes encontrar fotos que publico diariamente en mi cuenta de Instagram @unaperegrinaporelmundo
Un beso enorme y gracias por leerme 💜
 

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