La ciudad del destino




Sobreviví a mi primera noche en la van. No fue tan terrible como me lo imaginaba, no había tanto ruido y la cama es más cómoda de lo que suponía. Lo que más me preocupaba era el frío pero con todas las capas que me puse encima incluso llegué a tener calor. Estaba en la ciudad de Tacoma y mi primera parada ahí fue en el campus de la Universidad de Washington. No tenía intenciones de volver a matricularme en ningún curso, más bien estaba buscando un baño público y era lo que había más cerca del sitio donde dormí.

La ciudad no parecía tener mucho encanto por lo poco que vi a esas horas de la mañana. Era un día gris y lluvioso y no invitaba a caminar. La Universidad no era my grande, supongo que el justo tamaño para una ciudad de poco más de 200 mil habitantes.

Entré al edificio pensando en todo el discurso que daría para pedir permiso de usar el baño pero no había nadie cerca. Había un pasillo enorme lleno de puertas que dirigían a oficinas y al fondo se veía una de las salas de consulta. Justo a un lado de la entrada estaban los sanitarios. Ese día aprendí lo importante que sería buscar dormir cerca de servicios públicos. De pronto cosas que parecen tan sencillas en una casa, como ir al baño o lavarse los dientes, se volvían un tema de planificación necesaria y precisa. Tomé nota mental para las próximas noches.

De Tacoma no visité nada más que el baño de la biblioteca, pero me sirvió para saber que la universidad pone especial atención al tema de las agresiones sexuales. En las puertas y las paredes había volantes y pósters que preguntaban a las lectoras si habían sufrido de acoso, violaciones o intimidación por parte de la pareja; indicaban los sitios a los que se podía acudir por ayuda, tanto de la misma Universidad como del Estado, en caso de ser víctima de cualquier tipo de violencia sexual; e invitaban a denunciar. Me pregunté si en el baño de varones habría folletos como estos pero, en su caso, invitando a no violar, acosar ni maltratar a sus compañeras, parejas, amigas, y con datos de contacto de servicios para controlar sus impulsos de violar y agredir. No entré para averiguarlo, pero me gustaría pensar que sí los hay. Me gustaría creer que las campañas de prevención de la violencia sexual no sólo se dirigen a las víctimas, como si no nos quedara de otra más que ser una más de la estadística, si no que también ponen énfasis a que los victimarios dejen de cometer acciones tan deleznables. Con tristeza supuse que para que la Universidad tome cartas en el asunto, el número de agresiones debe ser bastante elevado.

Otro de los carteles que me llamó la atención fue uno que anunciaba la localización de los cuartos de lactancia tanto para las estudiantes como para las profesoras, trabajadoras e invitadas. Me dio curiosidad pensar cómo sería la dinámica de las madres que asisten a la universidad. Me pregunto si vienen con sus hijos en edad amamantar a estudiar, si entran a clases con el bebé en brazos, si piden permiso para salir a darles de mamar, si hay grupos de madres de apoyo, si profesoras y estudiantes comparten e intercambian consejos de crianza al tiempo que debaten sobre la última clase que tuvieron. Me parece una gran lección aunque me faltan información para sacar conclusiones. Pienso que habrá un elevado número de madres que estudian o trabajan aquí. Pienso que si se ven en la necesidad de venir aquí es porque no reciben un tiempo adecuado de baja de maternidad. También pienso en compañeras que tuve cuando estudiaba la carrera y que al embarazarse dejaron la escuela, aplazando ese proyecto de vida por una temporada. Me pregunto cómo serán ahora las realidades de las jóvenes madres estudiantes en mi tierra. También me pregunto si esto de los cuartos obedece a las ganas de ofrecer un espacio confortable a las mujeres que amamantan o bien si obedece a la fobia que tienen algunas personas al ver pechos de mujer alimentando a bebés, que prefieren encerrarlas en un espacio alejado de sus miradas morbosas. Muchas preguntas se me vienen a la mente y poco tiempo para entender estas dinámicas de este rincón del mundo.

De camino a mi camioneta, mientras me cruzaba con algunas estudiantes andando rápidamente para llegar a alguna clase, pensé en mi madre cuando estudiaba la carrera y me llevaba con ella a la facultad. Yo era una niña, evidentemente ya no de pecho, pero si iba con ella sería porque no tendría ninguna otra opción para que alguien me cuidara. Recordé muchas tardes que pasé sola en casa en compañía de mi prima un año mayor que yo, porque nuestras madres tenía que trabajar. También me vino a la mente las muchas tardes que pasé en el Diario de Xalapa, mientras ella trabajaba; de alguna manera ese lugar se convirtió en mi segunda casa. Recuerdo que me fascinaba bajar las escaleras que llevaban a la redacción mientras el ruido que producían las teclas de las máquinas de escribir golpeadas a un ritmo feroz aumentaba en cada escalón que pisaba. Ese ruido se volvió una canción de cuna para mí, pues generalmente acababa dormida en algún escritorio esperando que mi madre o Ángel acabaran su jornada. Recuerdo las enormes máquinas para imprimir el periódico y el olor a papel y a tinta. Esos pasillos eran mi zona de juegos hasta que Don Rubén, el dueño del periódico, prohibió que hubiera infantes en el lugar. La verdad es que no recuerdo haber visto a otros niños pululando por el edificio, lo único que me viene a la mente son mis recorridos por los diferentes departamentos, recibiendo el cariño de la gente que trabajaba ahí.

Me senté en la camioneta y antes de activar el mapa, hice una búsqueda rápida sobre la ciudad y descubrí que a Tacoma se le conoce como la 'Ciudad del Destino' ya que fue la terminal del ferrocarril del norte del Pacífico a finales del siglo XIX y que . Me hizo gracia que ésta fuera la primera parada para dormir en la furgo y pensé que era una buena señal. Empecé a conducir por sus calles empinadas y mientras las recorría me vino a la mente aquella película que me encanta, Dead man, en la que un asustadizo William Blake, encarnado en Johnnny Depp, llega a una ciudad sin ley después de un largo trayecto en tren para iniciar su particular viaje de transformación personal y espiritual, acompañado de Nobody. Por un momento me gustó imaginar que ésta era aquella ciudad de película y que también sería el punto de partida de mi propio viaje a no sé dónde.

Y por supuesto, no sabía a ciencia cierta cuál sería mi destino. Por lo pronto lo que necesitaba era contratar una línea de teléfono y me habían recomendado que buscara en un Wal-Mart. El más cercano estaba al norte, hacia la península de Kitsap y hacia allá empecé a conducir.

Por el camino llegué a un pequeño pueblo llamado Poulsbo, considerado como una pequeña Noruega, y en él todo hacia referencia a los vikingos. Era un pueblito encantador, con un pequeño puerto y tiendas que parecían detenidas en el tiempo, tenía ese aire europeo que contrasta mucho con las amplias y apresuradas calles de Estados Unidos y que invita a dejar el coche y caminar. Eso hice. Aparqué cerca del puerto y me perdí en ese lugar que parecía un decorado de película que incluso tenía su barco pirata: un yate con la bandera negra y una calavera en medio.

Ese día aprendí que el pueblo fue fundado por gente proveniente de Escandinavia hacia más de 100 años y que en mayo celebran, por supuesto, un festival vikingo. Y en medio de tiendas de regalos y artesanías vikingas, cosas vintage y new age, encontré un letrero de un restaurante mexicano llamado Casa Luna. No pude resistirme a la tentación de probar el sabor de la comida mexicana en un sitio tan vikingo. Ninguna sorpresa eso sí, pero al menos había comido algo calientito hasta que pueda averiguar cómo funciona la estufa que me dejó Abby. 

 

Después de conseguir la línea de teléfono, seguí mi camino en busca de la ruta 101 y para llegar a ella lo más fácil era subir. Aunque algo en mí me decía que tendría que estar huyendo del frío como las aves, decidí seguir adelante. Ya me estaba acostumbrando al frío. Además vi un pueblito en el mapa que tenía la denominación de comunidad tribal y me dio curiosidad saber cómo sería. Port Gamble era un lugar con una docena de casas, un museo, un teatro y una tienda. El museo estaba cerrado pero en el centro comunitario había una oficina de correos y aproveché para enviar la primera postal de mi vida. Me entusiasmaba la idea de hacerlo, ahora que todo es tan inmediato, y me senté a escribir unas líneas para mi familia. Pensé mucho en ellos porque el teatro del pueblo tiene una programación anual. No sé si tendrán mucho público pero que logren programar a un año visto es un gran logro.

 

Me subí a la camioneta y emprendí de nuevo el camino. Ya había decidido que haría la vuelta por toda la costa del Pacífico y para hacerlo tendría que seguir un poquito más hacia el norte. La carretera se extendía frente a mi con ese cielo gris que no me dejaba de acompañar. En la radio podía sintonizar estaciones de Canadá. Deseé con todas mis fuerzas que el frío no estuviera igual de intenso que cuando dejé Vancouver, pero la nieve que se amontonaba junto a la carretera me presagiaba lo contrario. Me tocaba esperar a ver lo que el destino me tenía deparado. 

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Si quieres seguir en imágenes la ruta que estoy haciendo, puedes encontrar fotos que publico diariamente en mi cuenta de Instagram @unaperegrinaporelmundo
Un beso enorme y gracias por leerme 💜
 
 
  

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