Colibrí en fin de año


Vancouver. 31 de diciembre. Me desperté con la grata sorpresa del sol entrando por mi ventana. Qué lujo que el último día del años sea tan luminoso, después de varios días de lluvia interminable.
Hoy me levanté más temprano que de costumbre y lo hice antes de que sonara la alarma. Debe ser la emoción de saber que algo está por acabarse y no me quiero perder ni un minuto. Como cada año, empiezo a limpiar, a recoger, a sacar cosas viejas. Es un ritual que empecé a hacer ya no recuerdo cuándo, pero que me deja el alma tranquila y dispuesta para recibir todo lo nuevo que está por venir.

Me gusta desayunar sentada en el sofá de mi casa temporal, tiene una ventana enorme y desde aquí veo el mar y su inmensidad. No sé si les conté pero por esas cosas maravillosas que tiene la vida, estoy viviendo en una casa increíble frente a la playa, la estoy cuidando y disfrutando como uno de los mejores regalos que el universo se encargó de hacerme llegar en esta ciudad. Mientras desayunaba, observé que el parque se iba llenando poco a poco de pequeñines corriendo y saltando y de madres y padres acompañándoles en sus juegos.

De pronto algo llamó mi atención. En una de las ramas de un árbol justo enfrente de la ventana se paró un colibrí. Pequeñito, hermoso, con su pecho colorido. Me acerqué al cristal para verlo mejor, lo hice lentamente para no espantarlo. El colibrí no se movió, solo giraba su cabeza para ambos lados, pero no se fue. Estaba cerquita de él, sentía que podía tocarlo si no hubiera sido por esa barrera trasparente que nos separaba. Y ahí nos quedamos un rato, hasta que después de unos segundos que pasaron muy lentos, el colibrí se fijó en mí. Intuí una mirada curiosa en sus ojos, ladeó la cabeza y empezó a volar.

Fue una experiencia muy bella. De pronto volví a mirar al parque y vi a la gente con chaquetas de invierno y me pregunté cómo le hacía ese diminuto ser para sobrevivir al invierno aquí. Una búsqueda rápida en internet me llevó a descubrir que los colibríes a parte de hermosos, parecen frágiles pero no lo son. Han desarrollado una estrategia de supervivencia al invierno bajando su temperatura corporal y ritmo cardíaco cada noche, se le llama torpor, una especie de mini hibernación que los hace resistir a las bajas temperaturas del norte.

En algunas de las entradas se referían al significado del colibrí en la mitología americana. Nunca me había preguntado por eso y lo que leí fue precioso. No sé si la información es fiable pero en un sitio escribían que en la cosmología maya el colibrí fue creado para llevar los deseos y pensamientos de los dioses de un lugar a otro, como un mensajero. En ese mismo sitio decían que si alguien te desea un bien, el colibrí toma ese deseo y lo lleva hacia ti.

En ese momento me imaginé que el colibrí había venido a dejarme un mensaje, un pensamiento de alguien y lo agradecí convencida de que así era y que tendría que esforzarme en traducirlo. Seguí leyendo y entre las cosas que encontré, en alguna web que ya no recuerdo cuál era, decía que si en algún momento un colibrí se cruzaba en nuestro camino había que pensar en cosas positivas que pudiéramos transmitir a otras personas. Me quedé reflexionando en eso. En que el año nuevo se acaba hoy y que estoy lejos de mi familia, la propia, la que me ha acompañado toda la vida y desde antes, y la elegida, la familia que se hace de encuentros, de charlas, de sueños compartidos y cariño mutuo aunque la distancia sea grande. Y también pensé en la pequeña familia que he creado aquí durante estos meses, la que está cerca, la que acompaña y le da sentido a un nuevo lugar y con la que he creado nuevos lazos de amor que hacen que mi corazón, ese de condominio, siga creciendo y dudando sobre dónde echar raíces.

En esos recuentos estaba cuando volví a ver otro colibrí que se posaba en la misma rama. No sé si era el mismo, es probable que sí. Esta vez se quedó menos tiempo y enseguida empezó a revolotear alrededor de la ventana. Me acerqué nuevamente, lo vi detenerse a la altura de mi rostro, mirando hacia dentro de la casa, tal vez hacia mí, e irse rápidamente. En ese momento mágico supe claramente que ese colibrí había vuelto para llevar pensamientos de amor y agradecimiento a la gente que quiero, a la que se ha cruzado en mi camino y han caminado un tramo a mi lado.

No podía dejar pasar la magia así como así, por lo que aquí estoy, escribiendo estas líneas para contarles que este ha sido un año de mucho aprendizaje, de mudanza física y emocional. Empecé el año cerrando ciclos importantes en mi vida y abriendo otros emocionantes también. Dije adiós-hasta luego a personas que quiero mucho. Emprendí un viaje de miles de kilómetros que me trajo a una tierra exótica y soñada durante años con la única certeza de que era un viaje anhelado desde hacía mucho tiempo. Tenía mucho miedo de enfrentarme a lo desconocido por mi misma; lo hice y no resultó catastrófico. Al contrario, en el camino me encontré con gente bonita, que me brindaron su mano, una palabra amable, risas, tiempo, abrazos y, lo mejor de todo, su amistad y cariño. Y también me encontré conmigo misma, estar lejos de todas ustedes me ha hecho estar más cerca de mí, me ha facilitado escucharme, dialogar con mi yo y volver a reconocer poco a poco a esa Sac-Nicté que se había perdido en los recovecos de la culpa, el dolor y la incertidumbre.

Con la distancia me di el permiso de enamorarme nuevamente y lo hice de alguien que rompió todos mis esquemas y a pesar de todos mis esquemas, que removió el suelo bajo mis pies y me hizo mirar nuevamente hacia dentro y preguntarme quién soy, para luego intentar construir una nueva yo. También me di el permiso de reconocer el amor que siento por otras personas que han formado parte de mi vida y de agradecer cada instante compartido porque sin duda me han hecho estar hoy aquí. Con la distancia estoy aprendiendo también a no confundir amor con apego, estoy aprendiendo a soltar, a dejar ir, a vivir con intensidad la presencia y también a aprovechar las ausencias.

No habría imaginado todo lo que iba a aprender estando aquí. Una de las partes más duras han sido los duelos, los he llorado, los he vivido y también he visto que para hacerlo la compañía me ayuda pero a veces son procesos que tengo que enfrentar sola para salir airosa. Y una de las partes más bonitas es que estoy aprendiendo a soñar por mí y a no tener miedo de seguir andando aún cuando el camino implique despedirse, porque estoy segura que habrá más personas con las que compartir nuevos trayectos.

Esto me pasó durante el año. Empecé a soñar con un proyecto y este sueño me ha llevado a viajar a otros países y al mío, me ha llevado a reencontrarme con gente querida y también a conocer gente nueva, todas ellas inspiradoras, que me han devuelto las ganas de seguir creando, de seguir compartiendo, algunas han creído en esta ilusión y han decidido hacerla suya. También este proyecto ha sido una excusa maravillosa para indagar, para iniciar un viaje más complicado, un viaje por mi historia, reconstruyendo los recuerdos, muchas veces llenos de mucho dolor y otras de mucha felicidad. Y por supuesto, me ha llevado de vuelta a mi familia, a vivir y compartir con ella el amor, el respeto, la comprensión y el esfuerzo por entender los cambios por todo y a pesar de todo. Me permitió encontrarme con mi abuela, mi madre y mi hermana para compartir con ellas como mujeres conectadas por un vínculo que va sanando, poco a poco, y al hacerlo se hace más fuerte. También me permitió sentir el amor sincero de dos hombres que me han adoptado como su hija.

Sin duda alguna, no soy la misma persona de hace un año. Y agradezco poder entender estas transformaciones. Ahora me alegra tener un tiempo y verme frente al espejo y buscar qué hay detrás de esos ojos que miran y escudriñan. Sigo buscando respuestas, pero lo hago contenta de saber que en esa búsqueda han estado, están y estarán muchas de ustedes, personitas queridas de mi corazón, que me enseñan la importancia de crear conexiones sanas.

Así que lo último que me queda por escribir, para ayudar al colibrí mensajero que me visitó esta mañana, para ti que estás leyendo estas líneas es: gracias por ser y estar, gracias por existir, gracias por todo lo que me has enseñado. Es un gran regalo. Mil gracias porque cada palabra compartida ha creado un vínculo entre tu y yo, no importa el tiempo que haya pasado, y estoy convencida que gracias a estos lazos estoy aquí, con el anhelo profundo de que habitemos un mundo mejor.

¡Por un 2019 en el que nos demos el permiso de amar con libertad! 

 

Comentarios

  1. Maravilloso texto, preciosa hija. Gracias a ti por existir. Has sido y serás uno de los ejes de mi vida, de quien he aprendido y a quien amo tanto como a tu hermana. Qué este 2019 esté lleno de salud, luz interior, alegría y gran entusiasmo por la vida.

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