En busca de un hogar


Después de casi dos meses fuera de Canadá,  a finales de septiembre volví a este sitio que de alguna forma extraña se ha convertido en mi hogar. Cuando venía de vuelta, sentía en mi interior un deseo de llegar a casa. De tener 'un lugar' a donde volver. Aunque la verdad es que llegaba otra vez a lo desconocido. A buscar un espacio para vivir y a construir casi todo de nuevo.

Cuando me fui a México en agosto, dejé el piso donde había vivido desde marzo, a dos calles de la playa. Me gustaba mucho la enorme ventana de mi habitación por la que entraba una luz maravillosa en días claros y por la que me perdía en ensoñaciones mirando al horizonte los días lluviosos. Por la tarde podía ver unos atardeceres espectaculares y en las madrugadas, cuando todos dormían, escuchaba el murmullo de las olas del mar. Ese fue mi refugio por unos meses, pero todo llega a su final y necesitaba seguir caminando.

Armé mi maleta y con mochila en brazo me fui. Como los caracoles, iba con mi casa a cuestas. Donde dormía era mi 'hogar'. Llevaba conmigo lo necesario: un poco de ropa que, con el paso de los días descubrí que no era tan poca como yo pensaba, cosas de aseo personal, mi cámara, mi computadora, unas libretas y un pequeño altar que me acompaña a donde quiera que voy. 

Así, pasé los días en mi México querido construyendo un hogar en los lugares más disímiles que encontré. En una habitación de hotel en el centro de la Ciudad de México, un remanso de paz y de pisos bajos -por aquello del miedo de mi madre a los temblores- en medio de edificios enormes. También lo fue un sórdido auto hotel de Cuautitlán Izcalli, donde llegamos a dormir y a pasar frío más de veinte familiares, con la promesa de olvidarlo todo en una boda. Después convertí el departamento de mi querido Lucio en mi hogar temporal, gracias a que desde que lo conozco, con su presencia intermitente en mi vida, me abre las puertas de su casa y de su corazón tan generosamente.

Luego tocó el momento de viajar un poco más al norte del país y en San Luis Potosí viví varios días en un monasterio desconectada del mundo, en un hostal en el centro de la ciudad donde un tío escandaloso criticaba absolutamente todo de lo que se hablaba en la mesa y en alguna que otra cabaña descubriendo la belleza de la huasteca potosina.

Después seguí viajando y llegué a un pueblito en Panamá, a cuatro horas de la capital. Ahí estuve un par de semanas, compartiendo una habitación con Flor, una argentina con el pelo teñido de rosa, con la que compartí, además de cine, unas buenas risas, música y noches de bohemia junto con otros compañeros en una residencia a la que fui a trabajar un proyecto documental.

En todo este tiempo tan feliz y ocupado no me preocupé mucho por pensar en dónde iba a vivir cuando regresara a Vancouver. Hasta que llegó el día de tomar mi vuelo de vuelta y empecé con la búsqueda para ubicarme a mi llegada. Por esas cosas lindas que tienen la vida, mi jefe del restaurante me ofreció quedarme en su casa hasta que encontrara un sitio. Le agradecí completamente su gesto tan amable porque llegaba un miércoles por la noche y no había tenido tiempo ni siquiera de reservar una habitación en algún hostal.

Recuerdo la noche que llegué. Bajé del avión cargada de ilusión y recuerdos bonitos, pero también con incertidumbre, esa amiga íntima que me acompaña desde hace tiempo. Después de varios días de mucho sol abrazador, Vancouver me dio la bienvenida como no podía ser de otra manera: ¡lloviendo!

Para ir a mi 'nuevo hogar' temporal, podía tomar un taxi o tomar el Skytrain al centro y de ahí un autobús a la zona de Kitsilano. Por ahorrarme unos cuantos dólares, decidí la segunda opción. Era más temprano de la hora que tenía previsto llegar y la primera vez que llegué a Vancouver así lo hice. 'Esta ocasión no tenía por qué ser diferente', pensé. Pero lo fue.

Eran las 11 de la noche cuando llegaba a Downtown. Tenía que caminar unas cinco calles para llegar a la parada del bus y justo al salir de la estación del metro, comenzó a llover. Las calles se empezaron a vaciar rápidamente. La poca gente que vi, corría para escapar de la lluvia. El agua empezaba a colarse por mi ropa. Sentía el frío de las gotas que rodaban sobre mi rostro mientras caminaba arrastrando las maletas. Busqué refugio debajo de la entrada de alguna tienda y miré para todos lados tratando de localizar un taxi pero no había ningún coche a la vista. El agua no paraba y el frío comenzaba a traerme -con mucha nostalgia- los recuerdos del día que fui a la playa en Panamá. ¡Qué lejano me pareció todo en ese momento! Sólo habían pasado tres días pero la distancia era enorme.

Los pocos taxis que pasaban iban ocupados, a lo lejos vi otro que parecía libre y le hice señas, alcé los brazos, chiflé, grité, corrí a la esquina porque sabía que los coches estacionados en la calle hacían imposible que me viera algún conductor, deseando con toda mi fuerza que nadie se llevara la maleta que había dejado detrás de mí. Al llegar a la esquina, la luz del semáforo se puso en verde y el taxi giró a la derecha. Lo vi alejarse lentamente y regresé caminando también lentamente a mi refugio, ya no me importaba correr, la lluvia se me había colado hasta el alma. En ese momento me sentí totalmente desamparada. Parada debajo de la lona de aquella tienda que tenía unos maniquíes sonrientes que me devolvían una mirada insensible cada vez que los observaba de reojo, viendo la lluvia ocurrir dentro de mí, me pregunté una y otra vez ¿qué estoy haciendo aquí?

¡Vivir! Esa fue la respuesta que me di cuando el frío empezaba a apoderase de mí. Después de varios minutos -que me parecieron una eternidad- la lluvia no cesaba. Al contrario, yo tenía la sensación de que incluso, cada vez era más fuerte. Y pesé al enorme 'bajón' que sentía, sabía que algo tenía que hacer para salir de esa situación. Acabar más mojada no podía ser peor, así que tomé mis cosas y seguí mi camino. A dos calles más allá, en la parada de bus, había un taxi estacionado esperando tranquilamente a que algún transeúnte se acercara. Le hice señas y en cuestión de segundos, mi maleta y yo estábamos dentro de un lugar seco y calientito.

Le indiqué la dirección a donde ir y constaté que mi inglés seguía siendo igual de terrible o peor que cuando llegué la primera vez a esta ciudad. Le tuve que enseñar la dirección en el mapa al chofer que tampoco tenía el inglés como su primer idioma. Entonces me reí para dentro, de mí y de mis circunstancias. Y feliz por esta incomprensión, vi como a mitad del trayecto a Kitsilano, la lluvia paró.

La casa de Malek está justo frente a la playa. Cuando bajé del taxi, una familia de mapaches urgaba entre los árboles que servían de reja. Eran cuatro, aunque tal vez más. El taxista me dijo que siempre iban en familia y después de asegurarse que alguien me estaba esperando, para no dejarme abandonada a mi suerte en medio de la soledad de la calle, se despidió y me deseó que disfrutara mis días. Yo también lo deseé.

A la mañana siguiente, me despertaron las voces en árabe de los hijos de Malek. Primero riendo, después unos gritos, llantos del más pequeño. Sirine, la esposa de Malek, apurándolos para que se fueran a la escuela -imagino-. 

Pasos en la escalera, algo se cae por el suelo. monedas, canicas (¿los niños en Canadá juegan con canicas?). Malek y Sirine hablan entre ellos y no les entiendo nada. Entre sueños imagino que me he equivocado de país, que no llegué a Vancouver y que la noche anterior había sido un simple sueño. 

-¡Yallah! ¡Yallah! dice Malek. Se cierra la puerta. Calma de nuevo. Vuelvo a cerrar los ojos y sigo durmiendo. 

La luz del sol calienta mi rostro. Abro los ojos. La cortina de la ventana de la habitación donde estoy dibuja la sombra de una casa con árboles, una reja y unas gaviotas. Recuerdo que la entrada de la casa donde estoy era así, parecida. Me pregunto si no estaré viviendo en el dibujo de la cortina. Por si las dudas me toco las manos para comprobar que estoy despierta. Siento mi tacto y reconozco mi otra mano. 

Cuando por fin me levanté, descubrí la enorme ventana de la sala y su espectacular vista al mar y me enamoré de la casa. Podría vivir aquí ya que Malek ofreció alquilarme la habitación si así lo quería. Si no fuera por el concierto matutino de cada mañana, me lo pensaría, porque esa ventana es todo lo que necesito para que el día sea estupendo. 

Pero vivir en Kitsilano es un lujo que no me puedo dar por ahora, así que comienzo la búsqueda. Después de unos días de dedicarme a navegar en Craiglist, de visitar algunos apartamentos que están sobrevalorados para lo que son, de constatar que está lleno de fraudes, que los precios en esta ciudad son altísimos y que si quiero vivir en el centro tengo que estar dispuesta a pagar mucho dinero, recibo el mensaje de un amigo que, en respuesta a una publicación que hice en Facebook, me ofrece una habitación en la casa donde viví los primeros días que llegué. Es algo lejos del centro, pero me ofrece la facilidad de no pagar depósito, de poder estar solo por un mes (esta otra historia ya se las contaré) y cambiarme inmediatamente.

Después de darle varias vueltas, me decidí a venir aquí. Al principio la casa la compartíamos 8 personas. Ahora solo somos 6. Mi amigo chileno y su novia japonesa se fueron de viaje a Japón. Vivo con otra mexicana, una irlandesa, una canadiense y una pareja de australianos. ¡Toda una aventura multicultural! Es un gran ejercicio de tolerancia, de paciencia y de respeto. Sobretodo de paciencia cuando deciden que es buena idea poner la lavadora a la 1 de la madrugada.

En fin, de todo se aprende en esta vida y yo estoy agradecida por que de alguna manera siento esta casa como mi nuevo hogar. Por fin tengo unos días de tranquilidad. He aprendido a valorar lo que es tener un lugar donde vivir. Aunque pequeñito, es mi refugio. Llego aquí cada noche y tengo paz. Lo único que extraño es la cercanía del mar... pero como todo, sé que esto también es temporal. 



 

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