Vancouver en familia


Haberme venido a vivir a Vancouver le dio una buena excusa a mi familia para visitar Canadá. Antes de venirme, comentaban entre risas que vendrían a verme lo más pronto posible, que no importaba lo lejos que me hubiera ido, que allá irían. En ese momento supe que no era broma. Y mi abuela era la más entusiasmada con visitar un nuevo país. Quién iba a decir que a su edad viajaría tanto, nómada como siempre, no se imaginó, ni la imaginamos, cruzando océanos. Pero esta vez su viaje era a las montañas.

En julio cumplí cinco meses viviendo en este país de paisajes imponentes que no he podido ver. Cuando lo pienso, realmente he hecho muy poco turismo por aquí, a excepción de una salida a Port Coveau, como a una hora de aquí, un día nublado y frío, que luego repetí con un amigo que quería enseñarme un lugar nuevo que, por intentar que fuera sorpresa, resultó ser el mismo lugar. Fueron viajes distintos. El primero fue un recorrido a través de los ojos de mi compañero de piso, interesante y diferente. Es vendedor de bienes raíces y me hizo un paseo por zonas, tanto en la ciudad como por el trayecto, que no hubiera pensado siquiera en visitar, pero después de un mes rodeada de rascacielos, el verde del bosque, la carretera y el agua de una pequeña cascada fueron un respiro para mi espíritu. El segundo viaje a Port Coveau lo hice en una Harley Davison. Tengo un amigo que es actor, hace pequeños papeles de 'chico malo', por supuesto. Un día me dijo que me llevaría a dar una vuelta a un lugar que sería una sorpresa. Así que un día que tuve libre, ya en verano, escuché a lo lejos un motor ruidoso que se acercaba y me preparé para la aventura. Fue divertido y emocionante, no lo puedo negar. El viaje por la misma carretera era otro con el sol resplandeciendo en el agua y los camiones enormes pasando al lado nuestro. 
 


Así que con este panorama de turismo poco desarrollado por mi parte, cuando mi madre me confirmó que vendrían de vacaciones estuve dándole muchas vueltas a la cabeza y buscando que propuestas de paseos les podría hacer, sin conocer gran cosa de este lado del mundo donde estoy viviendo. Creo que soy de las peores guías turísticas de la ciudad, conozco apenas lo imprescindible para que no se diga que no paseo, pero mis rutas no son las del turismo habitual.

Y por fin llegó el día. Una visita más al aeropuerto. Mientras los esperaba recogí todos los folletos turísticos que estaban en la sala de espera para poder planificar sus días, porque aún no sabía qué proponerles. Decidí que lo mejor sería preguntarles directamente cada día '...y mañana ¿qué quieren hacer? Y así lo hice casi religiosamente, cada día regresando cansadísimos a casa. Creo que llegó a ser la pregunta más temida del día.

Mi familia llegó de dos frentes, unas de España y otras de México. Éramos seis personas en total y con muchas maletas. Al salir del aeropuerto estaba intentando decidir cómo irnos a la ciudad y vi un servicio de camionetas grandes que pensé sería ideal para evitar tomar dos taxis e ir todas juntas. Pedí una y cuando llegamos al vehículo era una limosina. ¡Vaya forma inesperada de darles la bienvenida! Me parecía surrealista. Allá íbamos cruzando la ciudad en un coche enorme, lujoso, con copas de vino o cava en su interior y todo tapizado en piel. Era la primera vez que nos subíamos a un vehículo de estas características. Nos hicimos mil y un fotos para guardar el recuerdo de algo que creo que no se repetirá pronto. Y al hacerlo me acordé de todas las veces que caminando por la calle, sobretodo las noches de fin de semana cuando la gente se va de fiesta, veía pasar este tipo de coches con vidrios polarizados y me preguntaba quiénes irían dentro.

Llegamos a la zona de Kitsilano donde habíamos alquilado una casa para sus días en la ciudad. Es una zona muy tranquila, de casas bajas -de esas que dibujaba en la primaria aunque vivía en un edificio- con sus techos de dos aguas y su chimenea por donde entra un hombre gordo vestido de rojo y sus jardines perfectos y sus flores coloridas y sus banquetas llenas de árboles y vacías de gente y su silencio atronador. Llegamos las mexicanas y un catalán, escandalosas todas y él un poco menos, pero aún así demasiado para Canadá. Llegamos las mexicanas en una limosina negra con vidrios polarizados y un chofer en esmoquin más elegante que cualquiera de las personas que viajábamos con él. Salimos como sólo mi familia sabe hacerlo, haciendo una escandalera para sacar las maletas, para organizarnos, para ver si era el número correcto, para decir 'oh qué bonito es todo esto' y reírnos, para no dejar a la abuela solita a mitad de la calle, para ver quién se lleva qué maleta, para hacerle una foto a la hermana pequeña que sueña con un futuro de conciertos de rap-trap-hip-hop, para hacernos una foto todas, porque estas cosas no se repiten muy seguido, mientras el chofer se ríe con ternura (quiero creer).

Me imagino a los vecinos asomados por la ventana, mirando a escondidas a esa familia escandalosa que perturba el silencio de una tarde apacible y calurosa. ¿Qué pensaran? Un jeque árabe rodeado de mujeres... ¡No, qué va! Estoy segura que identificaron el español. Una familia de mexicanas 'argüenderas', fachudas y en limosina. Sin duda fue una forma pintoresca de empezar el tour.

Los siguientes días fueron de paseo y más paseo. Yo combinaba los días libres para pasear con ellas y los días en que trabajaba para proponerles lugares que visitar. Aproveché que estaban aquí para hacer todo lo que no había hecho antes pensando que ya tendría tiempo más adelante.

Nos subimos en un barquito que hace recorridos por False Creek para visitar diversos puntos de la ciudad. Nos asombramos con los ¿mejillones? que florecen en los pilares de los muelles y tomé todas las fotos que no me había tomado en cinco meses. Compramos cerezas en un puesto de la calle y pagamos con tarjeta para la sorpresa de mi tía. Caminamos bajo el sol ardiente de un verano demasiado caluroso, parece. Descubrimos un set de rodaje enorme que había construido una feria entera y seguimos caminando. Nos sentamos a la sombra de árboles. Visitamos el jardín chino Dr. Sun Yat-Sen al que intenté ir los primeros días que pasé en la ciudad sin mucho éxito.

Aquella vez, en invierno, había ido después de caminar y caminar y era muy tarde. La zona estaba muy solitaria, al llegar a la entrada del jardín vi que estaba cerrada. Había un hombre frente a la puerta, me acerqué a observar un poco el interior con su lago y pensé que como mínimo, ya que estaba ahí, le sacaría una foto a través de las rejas. Saqué unas fotos grises, las mismas que el hombre que estaba a mi lado. Hablamos un poco, resultó que era italiano -¿o francés?- pero vivía en Barcelona desde hacía unos años. Había ido a Vancouver a activar su visa, la misma con la que yo había viajado, pero se regresaba a España con la intención de volver más adelante. Me contó que era músico y le dije que visitara La BiblioMusiCineteca y que saludara a la gente que ahí trabaja de mi parte. Nos despedimos esa tarde gris y helada.

Semanas después recibí una solicitud de alguien que no ubicaba. Cuando abrí el mensaje era este chico -del cual no recuerdo su nombre. Había ido a La Biblio. Me dijo que había conocido a Ferran y a una mujer -de la cual no recordaba el nombre. Me dijo que parecía que me estimaban mucho porque se emocionaron casi hasta las lágrimas al saber que les había enviado saludos con un completo desconocido que se tomó la molestia de ir al lugar y llevar mi mensaje. Y yo también me emocioné casi hasta las lágrimas. Me sorprendió diciendo que había investigado un poco sobre mi nombre, que ahora sabía que era maya y que era el nombre de una princesa. Me aclaró también que no era un acosador, que no me espantara, y después él mismo reflexionó que seguramente esa sería la frase típica que usaría un acosador. Después de eso no he vuelto a saber de él.


El jardín en verano era otro. Lucía espléndido e, increíblemente a pesar de toda la gente que estábamos ahí, era un remanso de paz en medio del ruido de los coches. Más fotos, más sol y más calles por caminar.

También pasamos por la playa, por supuesto. Nos tocó el Festival de las Luces. Un espectáculo-competición de fuegos pirotécnicos en el que participaban tres países diferentes: Sudáfrica, Suecia y Corea del Sur. Era impresionante ver una multitud de gente reunida a lo largo y ancho de la playa y decenas de barcos y yates también rodeando la plataforma para ver los fuegos. Acudimos puntualmente a cada sesión. La algarabía del ambiente se contagiaba.

El primer día que lo vimos me emocioné. No podía creer que estaba ahí, en medio de la gente, sentada en la arena, al lado de mi hermana y con mi familia. El segundo día también me emocioné, estaba rodeada de amigas en un país ajeno, en una lengua que no acabo de hablar bien y con un acento que me delata extranjera. Es una sensación muy rara. Después de varios meses sola, de pronto me veo rodeada de amigas y familia. Me entró una nostalgia que no supe explicar. Alegría. Ilusión. Presente.

 Y aquella vez con mis amigas, Pryianka recargó su cabeza en mi hombro y las dos nos transportamos en ensueños a ese futuro que parecía que se dibujaba en el cielo brillante y explosivo. Ella es la primera persona con la que hice amistad en esta ciudad y hemos creado un lazo bonito. Su marido acaba de llegar a Vancouver. Son una linda pareja. Me explicó que cuando pensaron en mudarse a Canadá, ella quiso ser la primera en venir al país para asentarse y así romper la regla no escrita de su país, donde son los maridos quienes emigran primero para luego recibir a sus esposas. Cuando me lo contó, supe que seríamos buenas amigas.

Viendo los fuegos artificiales, la vida parecía augurarnos cosas buenas. Y pensé en lo diferente que son los fuegos en el cielo en otras ciudades, las que están en guerra. ¡Cuántas contradicciones! Aquí es celebración de la vida, en otras latitudes no es más que sinónimo de muerte.

Pero ahí estábamos, en ese lado del mundo donde las explosiones se acompañan a ritmo de Beyoncé. Y cada día fue estupendo. Mucha gente pero todo ordenado. No se permite beber alcohol en la calle así que el ambiente es completamente diferente a celebraciones como la Revetlla de Sant Joan en Catalunya o el Grito de Independencia de México. Aún sin alcohol hay alegría y al marchar las miles de personas que se aglutinaron para el espectáculo dejamos las calles y las playas limpias. Pude ver a gente recogiendo basura. Era como un sueño que costaba trabajo de creer.

Tambien fuimos a Grouse Mountain. ¡Por fin! Después de tantos días de ver la montaña a lo lejos, viendo el cambio de blanco a verde, pude subir hasta la punta. Y me enamora como lo hacen todas las que visito. En ese momento viajé miles de kilómetros y vi en sus caminos a mis queridas montañas andorranas aunque el espacio es abierto, se puede ver el mar, el horizonte. Es pura amplitud. Es curioso que haya pasado de vivir en un país liliputiense a uno donde las distancias son inconmesurables. Un día vi un vídeo que anunciaba un recorrido que cruza el país de costa a costa, la ruta verde creo que era el nombre, y que si se hace a pie tomaría dos años completarlo. ¡Tal vez algún día!...

La cosa es que pasamos todo el día allá arriba. Conocimos a un anciano músico perteneciente a la comunidad First Nations quien nos explicó un poco de la vida pasada en las residencias y su vida presente como músico y cuenta cuentos. Nos invitó a acompañarlo a un concierto que ofrecería para un grupo de niñas y niños que estaban de campamento. Vimos osos bañándose en el agua y aves rapaces volando por el cielo y posándose en los brazo de sus cuidadores. Nos encontramos con una familia de venados. Dormí una siesta a la sombra de un árbol y al terminar el día me sentía la mujer más feliz del mundo. Me hacía tanta falta la montaña que este trocito me cargó de combustible para seguir la vida.

Otro día fuimos a Victoria y me encantó. Pequeñita y con identidad. Muy europea me decían. Nada que ver con la inmensidad de Vancouver. Ir en ferry entre islas fue emocionante, me sentía como un pirata explorando tierras desconocidas. Comprobé que lo mío son las ciudades pequeñas, que en Vancouver me pierdo en sus distancias y que la vida en la calle, con sus terrazas y comercios, son maravillosas. Para el regocijo de mi abuela, visitamos un jardín lleno de flores que nos embriagó. Tengo miles de fotos de plantas y flores que no sé nombrar. Y fotos de mi abuela radiante y hermosa. Como otra flor más en medio de cempasúchil y rosas. Una mujer nos explicó que la gente joven en Victoria ya no quiere estudiar, que los trabajos no cualificados son mejor pagados y que la universidad es cara a morir. Y jóvenes con toda la vida por delante engrosan las filas del McDonalds. Como en todos lados. 


También fuimos a Whistler y mi hermana se enamoró del lugar. Ahora sí puedo decir que estuve donde se hicieron los Juegos Olímpicos de invierno y que ahora es sede de negocios que venden bienestar espiritual en frascos con fragancia de azahar. Todo lo que quieras lo puedes comprar.

Y visitamos cascadas impresionantes con nombre de bebida alcohólica y viajamos por carreteras que me invitaban a descubrir más del país. Con mi hermana y amigas celebramos el Día del Orgullo, nos quemamos en el sol viendo el desfile y después nos perdimos entre unicornios y arcoiris. Una tarde con la familia nos pasamos horas frente a unas tazas de chocolate y churros -¡sí, en pleno verano!- haciendo un recuento de la historia familiar, recordando de dónde venimos para no olvidar quiénes somos.

Durante su estancia aquí mi familia visitó mucho más, caminaron mucho y compraron poco. Los agoté al extremo y estoy contenta por eso. Después de mis temores de no saber a dónde llevarlos, nos faltaron días para pasear más. Pero la felicidad que me dieron al estar aquí no se va a acabar, la ciudad se veía de otro color.

Nos despedimos sabiendo que pronto nos encontraríamos en otro país, el mío, el nuestro. Nos despedimos sabiendo que a donde sea que estemos nos queremos. Nos despedimos con un sabor dulce por los días compartidos y las aventuras vividas. Nos despedimos con mucho amor. Y yo con una gratitud inmensa por esta preciosa familia en la que me tocó nacer. 

 




Comentarios

  1. Me he emocionado hasta las lágrimas Sac soy feliz también por esta amada familia que es la mía, que es la nuestra.

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  2. Se lo estoy leyendo a tu abue, que se quedó hacer una pijamada conmigo, jajaja. y también como yo lloramos por la emoción de ese viaje que le ha resultado tan emocionante.

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    1. ¡Qué lindas tus palabras! Y muchas gracias por compartirlo con mi abuela. Un beso enorme.

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