Un viaje, una boda y un auto hotel


El día que volé a Vancouver no pensé que pasaría tanto tiempo viajando. Algunas personas -y yo misma- se ríen un poco de mi estancia en esta ciudad que no acaba de ser mía del todo. 'Es tu centro de operaciones', me dicen. De alguna manera, es una forma de tener un pie en algún sitio, pero no puedo estar quieta. No quiero estar quieta.

Después de unos pocos meses de haberme mudado, recibí una invitación a un retiro budista que se realizaría en México durante el mes de agosto. Mi primer impulso fue apuntarme, desde el año pasado voy siguiendo los pasos de la Comunidad Dharmadatta y me pareció una maravillosa oportunidad de compartir con ellas más de cerca y, sobretodo, de compartirme a mí misma una mirada introspectiva que sentía urgente y necesaria en ese momento. Así que me apunté sin muchos rodeos, aunque poco tiempo después me llené de culpa. Pensaba en lo mucho que había deseado ir a Canadá y que viajar a México en pleno verano sería desaprovechar la oportunidad. Pero las cosas se presentan así, sin pensarlo mucho y dándome la oportunidad de cambiar mis planes, de improvisar un poco, decidí que iría a mi país.

Y hay viajes que no sólo implican un movimiento físico. Hay algunos que remueven toda la memoria, que son un recorrido de historias y emociones. Éste sin duda fue uno de ellos. A parte del retiro, tuve un pretexto maravilloso para volver a pisar tierra azteca. Uno de mis tíos decidió casarse por la iglesia, después de muchos años viviendo con su esposa y con dos hijos que ya están en la veintena.

No sé exactamente por qué, pero para toda mi familia fue muy emocionante este evento. De diferentes partes del país y del mundo, nos dispusimos a reunirnos en este cónclave festivo-familiar que desde hacía más de seis meses se había convertido en la fiesta más esperada del año. Iván e Isabel nos contagiaron su emoción y nos descubrimos contando los días para vernos. Tíos, tías, hermanas, hermanos, madres, abuelas, padres, primas, primos, sobrinos, sobrinas, nietas, nietos, jóvenes, adultos, ancianos... todas queríamos estar ahí.

Así que una vez más volví a hacer mi maleta y me dispuse a emprender un nuevo viaje. Esta vez de vuelta a casa. Curiosamente es la primera vez, desde que salí en el 2006, que voy a México y no paso por Xalapa, la ciudad donde crecí. Aún tengo sentimientos encontrados por toda la gente a la que no pude ver, por todas las calles que no pude recorrer, las remembranzas que me perdí, pero esta vez me di cuenta que el terruño lo llevo en el corazón. Con esta certeza, me dispuse a disfrutar de mis días en la Ciudad de México, mi DF querido y monstruoso al que me niego a cambiar de nombre. En mis documentos oficiales aún queda constancia de dónde nací, aunque ya sea un sitio con un nombre etéreo que permanece en mis memorias... y en la de millones de habitantes más.

No puedo olvidar la emoción previa de mi abuela, que tenía desde hacía varios meses elegido el vestido que llevaría a la boda. Yo era incapaz de imaginar qué pasaría por su cabecita y corazón, pero llegó el día y allí estaban reunidos cinco de sus siete hijas e hijos, con sus respectivas familias. Mi abuela tiene tres biznietos. Me pregunto qué emociones experimentará cuando camina de la mano de la más pequeña integrante de nuestra tribu...

De pronto alzo la vista de mi libreta y estoy frente al mar. Mi mente viaja al presente canadiense, el sol empieza a descender lentamente y la playa está llena de gente, abrigada pero alegre, con esa despreocupación que da saberse en el norte del mundo. Hago una pausa larga y escucho a las gaviotas que me recuerdan que ya he vuelto a esta tierra exótica que no acabo de entender. Que me cautiva y rechazo al mismo tiempo.

Hay varios patos que buscan comida incesantemente y una persona se sienta a mi lado con una carreola. Es una mujer mayor, imagino que el niño es su nieto porque le habla con un cariño inmenso, como solo las abuelas saben hablar. El mar arrulla con suavidad algunas embarcaciones y una mujer parada en su tabla de surf se pasea por mi vista de izquierda a derecha, remando sin prisa, o al menos eso me parece a la distancia. Y mi mente se aleja con ella, lentamente... 

 

Vuelvo a la boda. A Cuatitlán Izcalli y al autohotel donde nos quedamos a dormir, un sitio sórdido como cualquier establecimiento de este tipo 'tiene' que ser. Era el lugar más cercano a la boda, así que sin chistar, poco a poco invadimos el lugar. Era un edificio de dos plantas color rojo, enorme, con habitaciones que tenían su propia entrada de coche para evitar los ojos fisgones que no entienden de pasiones descontroladas. En cada una de ellas, junto a la puerta, una ventanilla giratoria permite que los empleados del lugar deposite cualquier cosa que le soliciten los clientes sin necesidad de interrumpir romances.

Nosotros somos una familia extensa. Al mediodía ya ocupábamos unas veinte habitaciones, con montones de maletas cargadas de ropa para fiesta, de abrazos sostenidos durante muchos meses y una algarabía que no había sentido desde hacía mucho tiempo. Entre ires y venires de coches, planchas y ropa, mi madre y yo tratábamos de entender cómo era posible que para pagar una habitación con tarjeta te pidieran el NIP con toda la naturalidad del mundo. A nadie más parecía extrañarle y a nosotras nos escandalizó y lo vimos con suspicacia. En ese momento ambas sentimos que habíamos pasado demasiado tiempo fuera de nuestro país y ya no lográbamos entender bien las dinámicas de la vida cotidiana. Después mi madre me contó que una amiga suya le explicó que eso era frecuente también en las gasolineras y que para evitar robos a las tarjetas, ella tenía dos, una con poco dinero de la cual daba su número secreto y otra con el resto de dinero que cuidaba con recelo.

Finalmente ahí estábamos, escondiendo los controles de la televisión para que los niños y niñas no descubrieran a temprana edad los deseos que tanto se empeñan en prohibirnos cuando llegamos a la adultez. Para decepción de ellos, les dijimos que la televisión no funcionaba y, tan alegres, pronto se inventaron un juego.

A la hora de la boda salimos con nuestras mejores galas, con vestidos y trajes y zapatos relucientes. Me di cuenta de cómo habían pasado los años en mí, porque años atrás hubiera vivido como una aberración usar un vestido y zapatos de tacón. Ahora fue un momento de jugar a vestir elegante, usar falda y me divertí compartiendo con mi hermana su maquillaje. ¡Cómo cambian los códigos!

La fiesta empezó con su ceremonia religiosa y un cura desastroso que no tenía ni idea de a quién estaba casando y les aconsejaba a mis tíos sobre los hijos que tendrían y las obligaciones maritales, de esas que son mejor olvidar. Pero ambos estaban radiantes, con una alegría que nos contagiaban, sus hijos les acompañaban y les miraban con tanto cariño que no podía más que rendirme y disfrutar de esa fiesta en la que celebraban su amor. Y después las fotos, la música, el 'vals' a ritmo de cumbia, los mariachis, la comida, el brindis, los rituales nupciales: los lazos, las ligas en la pierna de la novia, el ramo y las 'víbora de la mar', la marcha fúnebre y el novio al aire. Pero sobretodo los abrazos y los reencuentros.

Me encantan estas fiestas porque invariablemente son la ocasión perfecta para conocer a algún pariente que no sabía que era familia. El hijo de la prima de la tía de fulanito de tal que tiene nombre que me recuerda a algún personaje de los de Macondo... Alguien nuevo, alguien a quien adoptar como primo, como tío. Aunque para mí todos son primos y primas porque al querer desenmarañar el árbol genealógico resulta que una niña de 3 años termina siendo mi tía.

Y también me gustan porque son el mejor pretexto para bailar. Y lo hice como hacía mucho que no bailaba, como sólo en las bodas y quince años se puede hacer, porque es el momento ideal para hacer el ridículo. Cantamos, saltamos, reímos. Sudé y me descalcé para hacer la coreografía del Rodeo del Payaso, aquella canción de mi adolescencia cuyos pasos guardo muy bien en la memoria; al parecer es como andar en bicicleta, una vez que la aprendes nunca la olvidas.

Disfruté como una loca a toda mi familia. A la más cercana físicamente y también a la de corazón aunque esté lejos. Luego recordé que en realidad ahora todos estaban lejos. Por eso fue un enorme regalo para mí. Me bañé de sus historias, de sus recuerdos, de la infancia en donde la vida era maravillosa cuando llegaba el verano e iba a visitar a mis abuelos en su casita de tablas de madera y sus rendijas que dejaban pasar el frío y permitían volar mi imaginación hacia el exterior. Esas vacaciones eran una aventura para mí. Me encantaba estar lejos de casa, viajar en autobús me parecía una gran hazaña de la cual salía victoriosa, sobretodo después de que una de mis tías nos amenzara con bajarnos del autobús si vomitábamos en el camino. Saber que visitaría a mis primas me llenaba de ilusión a pesar de que vivían en aquella ciudad que me llenaba de miedo sin saber por qué. Tal vez porque todas los días en la tele, una voz muy particular anunciaba un servicio a la comunidad haciendo un recuento de personas desaparecidas, entre ellas, por supuesto, muchos niños y niñas, como yo en ese entonces.

Siempre que voy al Estado de México me vienen los recuerdos de aquellos Sábados de Gloria en el que la norma era mojar a los transeúntes y a mi prima y a mí nos aventaron al río de aguas negras que corría – y sigue corriendo- frente a la casa donde vivían mis abuelos. Tampoco olvidaré el día que jugando en la calle caímos por accidente nuevamente en el mismo canal. Estoy segura que ahí adquirí todas las defensas que necesitaba para tener una infancia muy sana. Mi abuela nos restregó con agua y jabón hasta el hartazgo y yo era la más feliz del mundo.

En esos veranos también tuve mi primer amor platónico con el vecino de al lado. Era una familia rica que tenía una casa enorme, de piedra, color gris, con un patio inmenso que contrastaba con la casita de mis abuelos. Se llamaba Vladimir, aún lo recuerdo. Yo lo veía a través de las rendijas, cuando salía al patio a jugar con su hermano pequeño y quería salir a jugar con él. Mi abuelo a veces me dejaba y otras veces no. Nunca entenderé cuál era su lógica. Pero cuando salía nos divertíamos mucho, junto con mis primas, corríamos, saltábamos, jugábamos a las escondidas entre milpas y perros llenos de pulgas y alguna que otra gallina o guajolote que pululaba por el patio a sus anchas. Y las horas pasaban sin darnos cuenta, hasta que se ocultaba el sol y tenía que volver a casa, donde me esperaba una taza de té de canela y una camelia enorme para merendar.

Los mejores recuerdos de mi infancia los tengo en esa casa. Y sin saberlo, allí volví al día siguiente de la boda porque cerca se organizaba el típico recalentado para curar la cruda de la boda. Tomé un taxi para ir al salón, no sabía dónde era exactamente pero mientras el coche iba avanzando por las calles, poco a poco fui reconociendo ese lugar de ensueños y me emocioné hasta las lágrimas. Hacía nueve años que no pisaba esas calles. Cuando llegué a la adolescencia los viajes a casa de mis abuelos cesaron. Ellos vinieron a vivir con nosotras y ya no volvimos. En el 2008 grabé un documental sobre mis abuelos y regresé intentado recuperar sus pasos pero no encontré nada de lo que mi mente había atesorado. Así que me despedí de aquellos recuerdos y los guardé en un rinconcito de la memoria.

De pronto la nostalgia me hizo caer en la cuenta de los años. Recordé que en la noche anterior, en la boda, llegó un momento en que las primas con las que crecí estaban sentadas con sus hijos en brazos. Las vi a lo lejos, mientras bailaba sin parar junto con mis primos más jóvenes. Y me emocioné pensando en los recuerdos que construirían esas nuevas personitas juntas.  Deseé de todo corazón que fueran tan alegres o más que los míos, que pudieran sentir ese lazo invisible que nos une aún con todas nuestras diferencias a cuestas. Mi hermana llegó a este mundo cuando yo era adolescente, fue hija única durante 15 años, pero tuve la fortuna de tener primas que se convirtieron en mis hermanas y con las que aprendí a vivir una infancia un poco asalvajada de la cual estoy completamente orgullosa. 



El frío comienza a colarse entre mi ropa. El sol se ha ido por completo y la playa se comienza a vaciar poco a poco. Las gaviotas empiezan a descansar en el agua, unas cuantas toman el sol en la arena. Las voces de los niños van desapareciendo poco a poco. La mujer con su nieto se despide de mí, 'have a good one' y camina con el niño tomado de su mano y con la otra empuja el cochecito. Recuerdo que tengo que volver al trabajo, pero lo hago con una enorme alegría en el corazón. Y con la tarea de escribir sobre San Luis Potosí la siguiente ocasión. 

 

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