Colombia, un nuevo lugar para vivir.

No sé si hay un diagnóstico para este mal, pero me pasa siempre cuando viajo a un nuevo lugar que me dan unas ganas irresistibles de quedarme a vivir, de convertirlo en mi hogar. Es muy fácil imaginarme creando una nueva vida en cada barrio lleno de vida por el que paso. Y por supuesto, hace unos días tuve la oportunidad de viajar a Colombia y me pasó lo mismo. Aunque fue un viaje muy rápido para asistir a un taller, soy enamoradiza y la ciudad de Bogotá me conquistó.

Llegué un domingo muy temprano y el trayecto del aeropuerto a la ciudad me sorprendió con una inmensa avenida cerrada al tráfico, que corredores y ciclistas tomaban a primera hora de la mañana. Los veía correr o pedalear a través de la ventana del coche y me vinieron unas ganas enormes de andar en bicicleta. Cuando vivía en Barcelona era mi transporte habitual. Después en Andorra, sus impresionantes montañas, el clima y el tamaño de mi casa me disuadieron de la idea de adquirir una. En Vancouver camino la mayor parte del tiempo, a veces alquilo una bici para dar la vuelta a Stanley Park o lo hago en patines. Es una sensación que me fascina, el viento en mi rostro mientras el sol se pone al horizonte. No me cansaría de hacerlo cada día, si pudiera. Pero claro, me faltarían vidas enteras para hacer todo lo que quiero.

Pero volviendo a Bogotá, ese día que llegué me fui a hacer un poco de 'turismo' por la ciudad. Al mediodía me encontré con un antiguo compañero del máster que estudié en Barcelona. Según él, hace 12 años que no nos veíamos. Yo estoy convencida que son menos, que nos encontramos cuando aún vivíamos ambos en la ciudad, pero tal vez solo sean mis ganas de que el tiempo no pase tan rápido. En cualquier caso, me gustó muchísimo encontrarme con él. Siempre es un placer revivir viejos tiempos y al encontrarme con su rostro que no había cambiado nada a pesar de la inmensa barba que ahora luce, el tiempo fue para atrás instantáneamente.

Camilo me mostró una parte de su ciudad que me emocionó, que sentí vibrar a cada momento y le estoy completamente agradecida por eso. En un paseo express recorrimos el planetario, nos hicimos fotos de astronautas, tuvimos tiempo de jugar un mini partido de fútbol con una niña y niño que corrían en medio de botes pintados de utopías, a las afueras del Museo de Arte Moderno.
 
Lo más divertido fue salir del MAMBO y visitar el mercado de pulgas que se pone los domingos justo a un lado del edificio. ¡Qué lugar más mágico y extraño al mismo tiempo! Como todos los mercados de pulgas, había las cosas más inimaginables posibles: objetos polvorientos, antiguos, inservibles para unos, tesoros para otros. Entre ropa, zapatos, teléfonos, cámaras de fotografía, póster tan feos como entrañables y discos de vinilos también había bazucas, armas del ejército y máquinas expendedoras de gasolina. Un espectáculo digno de películas surrealistas, con música variopinta y olor a café y comida.

Nos detuvimos a comer en un puesto atendido por dos mujeres muy amables. Probé empanadas de queso y bebidas que no soy capaz de recordar por su nombre pero que tenían gusto a tepache y al atole de piña que prepara mi abuela. Camilo con todo mundo entablaba conversación. Me sorprendió gratamente la curiosidad con la que mira al mundo y se relaciona con él.

Después seguimos nuestro recorrido por las calles del centro, caóticas, llenas de gente y vendedores ambulantes. Me recordó tanto a la ciudad de México. Me sentía de nuevo en casa. Me dejé guiar por mi amigo sin preguntar cómo ni a dónde íbamos, preocupada más por no perderme detalle de las voces y los rostros.


En medio de tanto barullo nos escapamos a un billar. Camilo me dijo que había financiado sus estudios jugando y yo tenía mucho tiempo sin hacerlo -no me financié mis estudios así, más bien pasé muchas horas en mi adolescencia invirtiendo tiempo en esto sin haber sabido sacarle provecho, ahora lo sé-, así que no me lo pensé dos veces. El sitio era enorme, un billar antiguo, con su suelo de mosaico y mesas de billar con paño azul. Me pareció en ese momento que todos los billares en los que había estado, en diferentes ciudades, se parecían. Tenían el mismo estilo con un aire un poco decadente que me encanta, excepto aquel billar tan elegante en Andorra donde probé el snooker y billar ruso sin mucho éxito. Mientras dábamos una vuelta por el lugar buscando una mesa para jugar, me percate que sólo había hombres de edad adulta, seguro que jubilados. Por un momento pensé que estábamos en un lugar que no aceptaba mujeres pero mi amigo me dijo que no había problema alguno de que estuviera ahí. Supuse que se trataba de esas normas no escritas y recordé la sensación que me producía ir al billar cuando era adolescente: lo vivía como una transgresión, como una apropiación de un espacio que parecía destinado a los hombres. Me gustó volver a tener esa sensación. Después de ir perdiendo todo el juego, un par de últimas tiradas llenas de chiripa me dieron la victoria. Lo celebré como si hubiera ganado un maratón.

Volvimos a las calles abarrotadas de gente. Tratando de alejarnos del bullicio empezamos a andar por una un poco solitaria, pero en seguida Camilo dio vuelta atrás para evitar cualquier susto. Entonces me preguntó por dónde quería seguir. Me dijo que el destino final era el mismo, pero que según la ruta que escogiera iba a ser una ciudad u otra. Aunque parecía muy críptico, me gustó saber que tenía la opción de escoger qué ciudad quería ver. Enfrente de mí, una opción era una calle con edificios y coches, a mi derecha la otra opción era una avenida enorme llena de gente. No lo pensé mucho y nos perdimos en la multitud.

Pronto supe que había sido la mejor elección. Estábamos recorriendo la Carrera Séptima, haciendo un Séptimazo. Si lo hubiera planeado no habría salido mejor. Es una enorme calle tomada por la gente. Un ambiente popular, lleno de energía que hacía vibrar todas las fibras de mi cuerpo. Caminando lo primero que nos encontramos fue un grupo de música afrocolombiano, puro sabor. Gente bailando, haciendo un poco de comedia, algunos payasos. Para todos había público, mucho público. Sentí una ciudad viva, emocionante... me enamoré. 


Al poco tiempo encontramos a un par de emprendedores de los buenos. Dos hombre que habían descubierto las maravillas de la Realidad Virtual y con una máquina, unas gafas, una silla maltrecha y una tabla en el suelo que se movía, te invitaban a experimentar el vértigo de una montaña rusa por tan solo 5.000 módicos pesos colombianos, que no llegan ni a los 2 dólares. Es curioso que días después en el Mercado Audiovisual al que asistí, impartían una plática con profesionales de la industria hablando sobre el impacto del VR en el documental. Pensé en lo poderosa que sería esta charla si invitaran a estos dos visionarios que tenían uno de los negocios más exitosos del Séptimazo, donde las lágrimas de algunas y los gritos de otros se confundían con las risas burlonas del público que atestiguaba ansioso el sufrimiento de unos pobres incautos que no sabían a lo que se exponían.

También disfruté de un grupo de percusionistas que ambientaban una esquina. La música hacía que el cuerpo se moviera inevitablemente, como si una magia inexplicable convirtiera cada nota musical en un impulso incontrolable. Es como si algo me poseyera por dentro, lo sentía bullir en la sangre, gritando por escapar de estas mis manías de pasar desapercibida. Por la calle también vimos a una pareja de predicadores, uno de ellos disfrazado de una especie de Jesús, que nos explicó que el verdadero nombre de Jesucristo no era tal, que cuando llegó el pobre mesías despistado y todos a su alrededor no supieron que su verdadero nombre era ¿Emanuel? Según estos predicadores todo está en la Biblia y entonces me lo anoté mentalmente como una curiosidad para mi lista de cosas-por-averiguar-antes-de-que-el-mundo-se-acabe-por-si-acaso-me-puedan-salvar-de-la-desastrosa-calamidad-de-una-vida-nueva-sin-sentido-pero-a-las-que-tal-vez-nunca-encuentre-la-respuesta.

Más adelante tuve la oportunidad de hablar con la encarnación-disfraz del Chaparrón Bonaparte. Era idéntico. Un señor ya entrado en años, junto con una mujer que era su pareja de baile y que a veces se disfrazaba de la Chimoltrufia, nos explicó que su secreto para la longevidad -tenías más de 80 año y lo demostraba orgullosamente con su identificación a quién dudara de su palabra- era bailar cada día. Nada de gimnasio ni cosas por el estilo. Lo que le infundía vida era el baile. Entonces, para que comprobáramos que era verdad, nos invitaron a bailar. Lo hice convencida de que así le ganaba unos minutos al reloj.

Así, caminando entre miles de rostros familiares con un acento que me parecía imposible de imitar, llegamos a la plaza central, que me recordaba a la Plaza del Sol en Madrid y también a la de Santiago de Compostela y a muchas otras plazas en las que había estado. Sentados en las escaleras de uno de los edificios que la rodeaban, Camilo me habló de su país, de las guerras tan cruentas, de las FARC, de muerte, de procesos de paz, de desplazados, de gente que ahora no sabe cómo insertarse de nuevo en la sociedad (qué hacemos con todos ellos, si son parte también de nosotros), de bandos, de venganza, de más muerte, de miedo, de izquierdas y derechas formadas por seres humanos, de esperanza, de corrupción, de reconciliaciones que se antojan imposibles. Hablamos de mi país también, de cómo parece que les seguimos los pasos, de cómo el narcotráfico lo permea todo, de cómo los carteles mexicanos están peleando por el control del terreno 'libre' que ahora se extiende por Colombia. Hablamos de matanzas, de horrores, de la búsqueda de humanidad que a veces parece imposible de encontrar, según donde mires. De pronto el panorama de nuestros países se antojaba del todo incierto, borroso. Luego el día a día, la gente que conoces, la familia, las amistades, logran crear un atisbo de esperanza. A pesar de todo, me gusta creer que la esperanza es lo último que muere.

Muchas veces no logro entender cómo lugares tan llenos de magia, de arte, de creatividad y belleza están también repletos de tanta historia de dolor y sufrimiento. Supongo que el arte es una manera de exorcizar el terror. Es lo que tiene mi querida Latinoamérica, demasiada sangre derramada, demasiada.

Sin duda alguna, los reencuentros son los mejor de todos los viajes. Aparte de Camilo, también me encontré con Mafe, una amiga de mi madre a la que conocí hace 20 años en Israel. Tomamos un café por la mañana y también fue una alegría reconocer a aquella mujer con una sonrisa increíble que tenía en mi memoria. Allí estaba, frente a mí, contándome un poco de su vida y yo de la mía, abrazándonos con mucho cariño, con ese que se contiene con el paso del tiempo, y descubriéndonos después de tanto años, dibujando y creando conexiones. Si tan solo hubiera sido por estos dos reencuentros, ya habría valido la pena el viaje.


El resto de mis días en Bogotá transcurrieron en un taller de co producción de cine, que de pronto se me antojaba una burbuja en medio de esa ciudad tan llena de contrastes. Fue una experiencia maravillosa que me ayudó a recordar el camino a seguir. Conocí a gente extraordinaria que también me inyectaron una energía de motivación y pasión que hacía tiempo no sentía. Me gustó verme rodeada de gente que se atreve a soñar y que cree en lo que sueña. No pude haber encontrado mejor terapia para reencontrar mi rumbo. No sé cuáles son las rutas, las estoy construyendo sobre la marcha, pero de momento es emocionante soñar con estas posibilidades.

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