Canada day


Hace unos días, el 1 de julio, se celebró el Día de Canadá y con unas amigas fui a ver el espectáculo de fuegos artificiales con el que se culminaba un día lleno de actividades a las que no fui. Después de pasarme el día frente a la computadora tratando de avanzar un poco en los mil y un 'pendientes' que tengo por hacer, viendo un cielo hermoso a través de mi ventana, pensé que un poco de aire fresco me vendría bien y qué mejor que hacerlo celebrando a la tierra que me acoge temporalmente.

Así que después de darle un par de vueltas al asunto, decidí dejar el sentimiento de culpa a un lado y unirme a mis amigas en Canada Place. De camino al punto de encuentro empezó a llover y pensé que no podría ser mejor celebración para este día en Vancouver que un espectáculo pasado por la lluvia. ¡Siempre la lluvia! Y mientras caminaba por la orilla del puerto, vi a gente que aguantaba estoicamente el agua preparada con chubasqueros y paraguas. Recordé que mi compañero de piso me dijo que los vancouveritas no solían usar paraguas, que eso se lo dejaban a los turistas.

En un momento pasé por una zona de comida y lo único que escuchaba era español, bueno, más bien dicho, mexicano. Por un momento dudé de dónde me encontraba, hasta que las coronas rojas y algunas banderas me hicieron confirmar que no me había ido a un universo paralelo.

Era la fiesta de Canadá y nada mas canadiense, claro, que una india, una chilena, una japonesa, un italiano y una mexicana (suena a inicio de chiste malo, lo sé) buscando un lugar para ver los fuegos en el cielo. Creíamos que habíamos escogido el mejor sitio, pero cuando todo empezó nos dimos cuenta que era uno de los peores. Después de colarnos entre la gente para buscar un espacio donde, con nuestra altura, poder ver algo, nos encontramos en medio de una multitud silenciosa mirando hacia el horizonte. Nunca había estado en una celebración de un día nacional con tan poco ruido, me descubrí hablando en voz baja con mis amigas para no interrumpir el ambiente, que a veces, cuando un fuego colorido explotaba, se llenaba con un ¡oooooohhh! colectivo que daba paso de nuevo al silencio. Curiosa forma de celebrar.


Mientras observaba el espectáculo, por supuesto también en silencio, pensé en las noches de San Joan que había vivido. A mi gusto el segundo día más bonito que tiene Barcelona, solo después del día de Sant Jordi. Recordé el ambiente festivo tan diferente que contrastaba con el lugar en el que estaba en ese momento. Y eso me llevó a pensar que era un día de mucha alegría, que era un día para estar contenta. De alguna manera estando allí, yo celebraba el resultado de las elecciones en México. Más allá del 'aparente' nuevo giro que tomará la política del país, estaba celebrando que el día no hubiera acabado aún en más violencia de la que ya se había cobrado la vida de tanta gente, que la participación democrática no se viera azotada por el monstruo del fraude y que la esperanza de un nuevo presente estuviera en el corazón de la gente.

También pensé en Marichuy, la mujer indígena representante del CNI que no consiguió todas las firmas que necesitaba para ser candidata y deseé con todas mis ganas que dentro de seis años ella u otra mujer indígena puedan contender. Sería maravilloso porque significaría que la dignidad y el reconocimiento a los pueblos originarios habrán vencido al racismo y el clasismo en mi país. Sueños, grandes sueños que me sacan una sonrisa al ver los rastros de las luces desaparecer.

Ya de camino a mi casa, después de un intento frustrado de encontrar un sitio donde seguir la fiesta, me vino a la mente que el 21 de junio se había celebrado el Día Nacional de los Pueblos Indígenas en Canadá, oficialmente conmemorado desde 1996. La verdad es que cuando llegué al país no sabía mucho de su historia y una de las cosas que más me impactó fue saber de una de las terribles etapas que vivieron los pueblos originarios aquí.

En una de las clases de inglés que tomé las primeras semanas, la profesora nos habló de los pueblos indígenas en el país: First Nations, Inuit y Métis. Después de hacer un repaso de las diferencias culturales, de la lengua, de la organización social de cada uno, nos habló sobre el periodo en el que muchos niños indígenas, principalmente First Nations, fueron separados por la fuerza de sus familias e internados en residencias escolares gestionadas por sacerdotes católicos para obligarlos a olvidar su lengua y cultura. Aproximadamente 150 mil niños, muchos de los cuales sufrieron abusos psicológicos, físicos y sexuales. Otros murieron. ¡Qué atrocidad!

El resultado de esto ha sido una generación de indígenas que fueron obligados a dejar su idioma, que no saben cuáles son sus raíces, cuál es su identidad. Muchos de ellos ahora están buscando a sus familias, crear conexiones. Pero la realidad es que muchos también sufren de depresión, de alcoholismo y las tasas de suicidio en la comunidades indígena es alarmante.

No sé si este etapa de la historia nacional se estudia ahora de manera general. No sé si la clase que recibimos gente de diversas partes del mundo obedecía a este proceso de Reconciliación que vive el país o a que mi profesora pertenece al pueblo Métis. Lo cierto es que me hizo entender un poquito el espectáculo desolador que vi mi primer día en la ciudad caminando por Hastings Street.

En el 2008 el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, pidió disculpas a los pueblos indígenas por el daño causado por el internamiento de estos niños. En 2015 lo hizo Justin Trudeau. Leyendo una noticia, vi que el pueblo Inuit no aceptó esta última por considerarla insuficiente. Esta claro que una disculpa no es suficiente, pero al menos reconocer el error es un primer paso.

Me pregunto cuáles son las estrategias para llegar a una verdadera reconciliación entre un pueblo oprimido y otro opresor. Dejar de ser lo uno y lo otro es la respuesta fácil, pero ¿cómo se logra eso? Estoy lejos de tener una respuesta. 

Hace unos días hablaba con una mujer canadiense y me decía que en el Canada Day había algunas manifestaciones por parte de indígenas que no aceptaban a la gente 'blanca' y se preguntaba qué podía hacer ella si aquí había nacido y era parte de su identidad, tanto como ellos. También veo que al inicio de cada evento público se hace un reconocimiento público de que estamos en territorio no cedido de los pueblos originarios. Es otro paso, pero me pregunto ¿basta con eso? ¿Qué más hay que hacer? ¿Cómo se resuelve esa fractura social? Cómo, si hay desigualdades sociales y económicas, si hay mujeres indígenas desapareciendo. Cómo, si la discriminación, el sentir que somos diferentes, sigue permeando los corazones. 

Muchas preguntas me rondan sin saber encontrar solución. Pienso en los pueblos indígenas de Canadá, en los pueblos indígenas de México. Les debemos tanto. Me incluyo en ese nosotros colectivo porque siento que si no hemos podido lograr crear una sociedad justa y digna para todas y cada una de las personas, también estamos en deuda. 

A veces, cuando me detengo a pensar en esto me entra un poco de frustración. Pienso que si en una país con gente tan linda, respetuosa, amable, simpática y amorosa, donde hay un alto nivel de vida, consciencia medioambiental, entre otras características valiosas, pueden pasar estas cosas, entonces ¿qué queda para el resto del mundo? Después las nubes pasan y reconozco que cada vez habemos más gente consciente de que el racismo no lleva a ningún lado. Me he encontrado en el camino con personas maravillosas, comprometidas con el bienestar de los demás y eso me da esperanza. Y la esperanza es lo último que muere... ¿cierto?. 



Comentarios