Salario mínimo...


Hoy amaneció un día estupendo. Soleado y caluroso como no había sentido desde que llegué a esta ciudad. Hoy el día invita a todo menos a estar en casa. Pero aquí estoy, intentando escribir unas líneas y luchando contra mi indisciplina. Desde que empecé a escribir este blog había podido hacerlo regularmente cada semana, pero los últimos días han sido una completa locura gracias a que he vuelto a caer en el hábito de decir que sí a todo, a que he tenido más trabajo del que tenía planeado y a que el tiempo es lo que es, sin horas de más ni de menos.

Desde el mes pasado empecé a trabajar en un pequeño restaurante en el Dowtown. La primera vez que entré al restaurante fue recién llegada a Vancouver. Les confieso que soy una enamorada del hummus. Enfrente de la casa donde vivía en Barcelona hay un restaurante, el Kasbah, que tiene el mejor que he probado y los últimos meses antes de viajar pasé muchísimas noches cenando ahí, pidiendo siempre lo mismo. Mi querida Charo, la dueña, no daba crédito a que sólo pidiera eso y aunque intenté cambiar un par de veces, siempre volvía al delicioso humus.

Por eso, presa de la nostalgia culinaria, mis primeras semanas en esta ciudad las dediqué -entre otras cosas por supuesto- a probar en todos los restaurantes de hummus que me encontraba por el camino, pero ninguno se comparaba. Hasta que un día probé en el Saj & Co y supe que había encontrado lo que tanto había buscado.

La segunda vez que fui, acaba de salir de La Cinematèque. Había ido a ver un documental libanés sobre la participación política de mujeres en ese país y el cine está justo a una cuadra del restaurante. Cuando pasé por delante estaba aún abierto y decidí cenar algo. Me atendió el dueño. Estuvimos platicando un poco y descubrí que él era libanés también. Enseguida vi un letrero en el que buscaban gente con un gran corazón para trabajar ahí. Me enterneció y le pregunté por el trabajo. Le dije que estaba buscando algo temporal porque en agosto no iba a estar en la ciudad. Él dudó un poco, pero después me dijo que volviera al día siguiente, que seguro encontraba algo para mí. Y volví. No me lo pensé mucho. Llevaba varios días de haber vuelto de Brasil y necesitaba trabajar.

Malek, el propietario tiene pinta de científico loco y un gran corazón. Es diseñador de formación. Después de haber estudiado un máster en Japón, se trasladó aquí con su esposa y ahora tiene dos hijos. Tras varios intentos de encontrar algún trabajo en su área sin mucha suerte, decidió abrir un lugar tan entrañable y caótico como él mismo. Acaba de cumplir 39 años. A veces, los días que va más saturado de trabajo imita en voz alta lo que su padre le diría al verlo corriendo de arriba a abajo: '¿qué estás haciendo aquí después de tantos años de estudio?'.

En esos momentos yo también me lo pregunto. Me cuestiono una y otra vez qué sentido tiene haber estudiado una carrera y posgrado y cursos y seminarios y talleres y todo lo que se ha podido, para llegar a un país nuevo y que todo lo que he hecho no sirva de nada porque no tengo experiencia en este país, porque mi inglés no es lo suficiente bueno, porque los certificados extranjeros de poco valen aquí o porque aquí a veces parece que tener coche es imprescindible para obtener un empleo. Y la verdad es que aún no lo sé.

Pero me lo tomo con calma. Estar aquí también me trae recuerdos de cuando tuve mis propios restaurantes en México. ¡Hace ya tanto tiempo de eso! Me gustaba y sigue gustando la idea de ser la dueña de mi propio negocio. En esa época yo estaba muy joven y las condiciones no fueron favorables, pero sin duda las experiencias fueron muy enriquecedoras y las disfruté enormemente.  Ahora no hay prisa. Aprendo también a soltar expectativas y a valorar lo que tengo en el presente, mientras voy construyendo el futuro. Además en el trabajo he tenido la oportunidad de conocer gente muy linda. Mis compañeras son súper cariñosas. Dos de ellas son japonesas y me desmontaron por completo el estereotipo del japonés distante y frío. Yumi y Taka son las personas más amorosas con las que he trabajado.

Lo cierto es que he conocido a muchas personas que vienen aquí con la Working Holiday Visa que son profesionistas, con una carrera en sus países de origen, pero las opciones laborales que han encontrado no tienen nada que ver con su profesión: limpieza, hostelería, construcción, jardinería, etc. De hecho, todas mis compañeras están en la misma situación. Profesionistas sobrecualificadas haciendo el trabajo que no quiere hacer la gente del país, cobrando el salario mínimo... me suena conocida la historia. También he conocido a mucha gente de México que desafortunadamente no tiene permiso, por lo que encontrar trabajo es una lotería y los empleos así son peor pagados y con peores condiciones. Es una triste realidad, que no dista mucho de lo que pasa en España.

Recuerdo que antes de mudarme, cuando aún estaba indecisa, platicaba con un amigo que es de Brasil pero lleva más de 10 años en Barcelona. El vivió un proceso complicado para conseguir tener papeles en aquel país y los inicios fueron muy duros. Cuando yo le comentaba que no sabía qué decisión tomar, me dijo que si fuera él, no se mudaría nuevamente. No se veía con los ánimos de empezar de cero a su edad (me lleva sólo unos cuantos años más) en un país nuevo, con un idioma diferente. Volviendo a pasar por lo mismo. Entendí lo que me decía, comprendí su rechazo, pero también supe en ese momento que precisamente era todo eso lo que me atraía de cambiar de ciudad.

Por otro lado, visto lo visto, el panorama laboral es complicado en cualquier sitio. Hace unos días platicaba con una amiga muy querida que vive en Barcelona, sobre la búsqueda de trabajo en su área -es psicóloga- sin mucho éxito. Al final está trabajando en algo completamente distinto. Ella, como otras tantas amigas que viven allá, asumen la precariedad laboral con un poco de humor para no caer en la desesperanza.

Así que aquí estoy. Compaginando mi empleo en el restaurante con la creación de proyectos que me ilusionan y que me hacen sentir que vale la pena lo que estoy haciendo. Y me alegro porque el año pasado fue uno de crisis a todos los niveles y, por supuesto, también le tocó a la parte profesional. Dudaba hasta de mi sombra y no tenía la certeza de querer seguir intentando tirar por el lado audiovisual.

De hecho, una de las cosas que me trajo a Canadá fue la idea de ir a la temporada de recogida de frutas. Estaba harta de trabajar delante de la pantalla de la computadora entre cuatro paredes. También me había cansado de sentir que lo que hacía no tenía una real utilidad. Hace unos años estuve colaborando en un casa de acogida para jóvenes en situación de calle. Fue una experiencia que me impactó muchísimo, es la primera vez en mi vida que me he sentido útil. Sentí que podía ayudar a alguien y que mi existencia por primera vez tenía sentido. Y me hizo ver que todo lo que había estado haciendo hasta el momento tenía una base equivocada, egocéntrica, en la búsqueda de reconocimiento o un bienestar imaginario.

Después, colaborando en un proyecto de un grupo de salud integral formado por personas súper comprometidas, me di cuenta de lo inútil que soy con mis manos. Descubrí lo maravilloso que es trabajar curando, ayudando a sanar, y desde entonces me sigo planteando si es demasiado tarde para dar un giro de 180º a mi vida. Como pueden ver, dudar es mi segundo apellido.

Pero lo cierto es que las ganas de crear y de generar energía transformadora están ahí. Y ahora estoy preparando dos proyectos documentales que me llenan de ilusión, en los que creo, en los que estoy poniendo todo mi corazón y eso ha hecho que las dudas se difuminen, al menos por ahora.

Sé que todo tiene una conexión, la vida es una sucesión de causas y efectos que nos llevan de un lado a otro y nos hacen tomar decisiones y caminos particulares. Yo estoy en el proceso de crear el mío. Y me sorprendo cada día de la vida, de la gente, de lo que aprendo, de las oportunidades. Y aunque en realidad he tenido muy poco tiempo para hacer turismo, estoy contenta porque siento que el tiempo aquí hasta ahora ha valido la pena.

¡Ah! por cierto, hablando de conexiones: un día Malek me contó que su hermano vivía en Barcelona con su familia. Le hablé de LaBiblioMusiCineteca y le dije que le enviara el dato. Después me enteré que su hermano ya había estado en la asociación un par de veces y ahí confirmé que el mundo, a veces y a pesar de todo, es muy pequeñito.


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