¡Por fin, Vancouver!


Después de dos día de haber salido de Barcelona, de haber pasado poco más de un día paseando por Nueva York, haber hecho escala en Toronto y darme cuenta por primera vez que Canadá es inmenso y tiene seis husos horarios, por fin llegué a Vancouver.

El vuelvo de Toronto a esta ciudad se me hizo eterno. Había salido con retraso, hecho que agradezco infinitamente porque al bajar del avión procedente de Estados Unidos, tuve que pasar por el control de pasaportes y de ahí me enviaron con un oficial de inmigración para activar la Working Holiday Visa. Sí, me había leído mil y un blogs sobre qué hacer y cómo activarla y en muchos te recomendaban activarla hasta llegar a tu destino final. Pero estando allí se me olvidó todo lo que leí y tranquilamente me formé en una fila que no parecía muy larga, pero que se movía a paso de tortuga.

Los minutos empezaban a correr a su ritmo, imperturbables. Mientras miraba de tanto en tanto el reloj de mi teléfono, veía por las paredes de cristal como grupos de pasajeros pasaban delante de mí, unos apresurados, otros contentos, nerviosos o despistados, siguiendo las instrucciones de una oficial que repetía con monotonía 'keep going, don't stop'. Al principio pensé que tenía tiempo suficiente para hacer la escala, pero pronto mi estómago comenzó a notar la presencia de esos nervios odiosos, al darme cuenta que el asunto no avanzaba.

Después de unos 45 minutos de espera, y de histeria, me atendió un oficial muy amable que me dio el permiso de trabajo, me leyó los datos importantes de éste y una nota al final de la hoja que decía que esta autorización no me permite ejercer ningún tipo de trabajo sexual como prostitución, dar masajes, ni acompañante, ni nada que se le parezca. Lo miré entre incrédula y divertida y le agradecí la aclaración. Observé como engrapaba el permiso a mi pasaporte y lo doblaba meticulosamente, sin ninguna prisa, preocupándose por no arrugar las orillas con sus dedos torpes. Si las miradas fueran cuchillos, en ese preciso momento habría caído fulminado. Pero no, esperé pacientemente, guardé mis documentos, le sonreí y me fui corriendo de ahí.

Tuve que salir de la sala de llegadas internacionales y volver a pasar por un control de seguridad y esa sí era una fila enorme. Pura ansiedad sentí en ese momento pues me dí cuenta que no llegaría a tiempo para abordar el siguiente avión. Al esperar que la fila se moviera me vino a la mente una ocasión en que iba a viajar con mi madre y Libertad a Guatemala, hace ya más de 20 años, pero por algunos problemas con mi documentación no pudimos hacerlo. Recuerdo la imagen de Libertad subiendo por las escaleras eléctricas con  su bolsa en una mano y la otra diciéndonos adiós. Recuerdo su carita de pena, sólo porque no fui capaz de observar las nuestras al verla partir. Después de muchas peripecias, enojos, trámites, aviones que vimos ver despegar sin nosotras, conseguimos alcanzarla. Desde entonces me había prometido no volver a perder un vuelo. Parecía que estaba a punto de romper mi promesa.

Tras unos minutos en el que hubiera querido desaparecer a media humanidad, me tranquilicé. Pensé que si no podía subir a este avión, sería porque algo estaba esperándome en Toronto, como mínimo alguna banca para dormir en el aeropuerto. Empecé a reírme de mí misma. Las cosas cambiaron de color y me sentí más liviana. Justo cuando avanzó un poco la fila y pasé por delante de las pantallas con los horarios de los vuelos, vi que junto al mío aparecían unas letras rojas que ponía D E L A Y E D. Qué feliz me puse y aún más cuando unos agentes empezaron a abrir el paso para todas las personas que teníamos un vuelvo dentro de media hora.



Finalmente no perdí mi viaje y llevaba mi permiso activado. Pura felicidad que se incrementó cuando pude ver por la ventana las luces de la ciudad. Era de noche y la ciudad parecía inmensa. Bajé del avión y sentí alivio. Había llegado a mi destino final. Comparado con el de Toronto, este aeropuerto parecía pequeño y casi sin gente. Un tótem en medio del aeropuerto me dio la bienvenida y me sentí como en casa, no sé por qué.

Caminé con mi maleta y mochila al hombro y me dirigí al Skytrain para ir al centro de la ciudad. Éste fue uno de los trayectos en metro que más alegremente he hecho en mi vida. ¡Estaba ahí, lo había logrado! Podría haberme pellizcado para comprobar que todo eso no era un sueño, pero llevaba demasiada ropa para prevenir el terrible frío del que me habían hablado y no lo habría sentido. Al mismo tiempo que intentaba descubrir por la ventana algo más que casas y edificios, pensaba que hacía un año me habían autorizado la visa y que el tiempo pasa muy rápido y que, a pesar de todas las dudas y despedidas, me alegraba de haberme atrevido a viajar.

Al llegar al Dowtown comencé a caminar en busca de mi hostel. Había reservado una cama por unos días mientras encontraba un sitio fijo dónde quedarme. Le di dos vueltas a Granville Street porque caminé en dirección opuesta a la dirección que buscaba, pero pronto empecé a escuchar música en la calle y no me importó. Era casi media noche, se notaba el ambiente festivo. Una cantante con su guitarra por ahí, otro por allá, dos más en la siguiente calle, hacían que no se notara el peso de mi equipaje.

Cuando llegué al hostal, en el bar tenían montada una súper fiesta que apenas si escuchaba lo que me decía el hombre de la recepción. Por un momento se me pasó por la cabeza bajar un rato, pero después de dejar la maleta y sentarme en la cama, sentí un cansancio enorme en todo mi ser. Desde hacía más de tres meses que padecía de insomnio, mis horarios estaban completamente al revés y en las dos últimas semanas de mi vida, las horas de sueño casi casi eran inexistentes gracias a las ganas de aprovechar al máximo mi tiempo en Barcelona.

Me alegré de que el jet lag hiciera su efecto y decidí dormir. Al día siguiente la ciudad me esperaba, quería creer, con los brazos abiertos.

Comentarios

  1. Jajaja, todavía recuerdo aquel instante en que llegábamos en coche --manejaba Víctor Valencia, por cierto- al aeropuerto de Veracruz y nuestro avión comenzaba a elevarse. Pero al final lo logramos, llegamos a Guatemala y disfrutamos mucho. Yo sí que he vivido otros momentos similares. Siempre digo que es para bien, porque lo puedo contar. He perdido tantos vuelos que ya ni me acuerdo. Y he pasado noches sin dormir con personas que en mi vida volveré a ver, pues eran compañeros de viaje que no tenían a dónde ir y para colmo no hablaban castellano. Por cierto, en tu anterior escrito me acordé que juntas pasamos una Navidad en Nueva York.

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    1. Sí, me acuerdo perfectamente cómo veíamos elevarse al avión donde teníamos que haber estado. Ahora da mucha gracia, pero en ese momento qué rabia e impotencia, ¿no? Pero efectivamente, más vale que ahora podamos reírnos. Un día tendrás que escribir tu experiencia en Amsterdam.
      Y sí, me acordé mucho cuando lo escribía y pensé que ese viaje lo tendríamos que explicar juntas en algún momento.
      Un besote.

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  2. Mi querida esquimal ,, por suerte para ti tienes un gran abañico de oficios donde podrás desarrollar tu talento por lo tanto no te fustres por qué no te permitan ejercer el mas antiguo del mundo ,,,,de todos modos creo que no va con tu carácter ,,,,,un besote preciosa

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    1. Jajaja, me pregunto si le aclararán lo mismo a todas las personas. Pero cómo mínimo me ayudó a reducir el abanico de posibilidades laborales, sin duda ;)
      Abrazos Charo.

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