Eastside



Jueves por la mañana en el bar del hostal. El mismo sitio en el que por las noches hay unas fiestas locas, a primera hora recibe 'hordas' de hambrientos y madrugadores (porque no queda de otra) mochileros, turistas con presupuesto ajustado, working-holiday-viseras recién llegadas como yo y alguna que otra persona que desentona con el ambiente, y todos juntos nos encargamos de arrasar con el desayuno. Mientras esperaba que la fila para tostar el pan avanzara, constaté que el 'cantadito' mexicano es inconfundible y que estamos por todos lados.

Granville Street. Salí a descubrir la ciudad. El hostal está ubicado en la principal zona de ocio de Vancouver (lo aprendí después). La calle está llena de restaurantes, bares, algunos clubs con mujeres maravillosas, según los carteles que hay en sus respectivas entradas, salas de conciertos y demás curiosidades nocturnas.

Ese día no hacía tanto frío como había temido durante tantos meses. Al final, pensé, iba a resultar que lo del invierno canadiense eran cuentos de terror para dormir dinosaurios. Caminé hacia el este, creo, de Granville Street atraída por la silueta de una montaña que se asomaba entre los edificios al final de la calle. Desde anoche tenía la sensación de estar en un sitio familiar y, a medida que la recorría, me di cuenta que me recordaba mucho a Andorra. Salvando las diferencias de tamaño, había un aire compartido con la avenida Carlemany llena de tiendas y luces neón. Tal vez sólo era que las avenidas comerciales son parecidas en todos lados, o que la montaña en el horizonte me trajo buenos recuerdos, o que el invierno y sus días grises asemejan las cosas. O tal vez simplemente buscaba algo conocido a lo que agarrarme para no sentirme perdida.

Al final de la calle está el puerto y el centro de convenciones. Me detuve un momento a mirar ese lado de la ciudad, intentando familiarizarme con la que será mi refugio en los próximos meses. En ese momento las emociones que tenía eran tan contradictorias. Me sentía feliz de estar ahí, pero también sentía nostalgia por quienes estaban lejos.


Mientras veía a unas gaviotas rondar cerca de mí, pensaba que es la primera vez que llegaba a un país completamente sola. Mis dos migraciones vitales anteriores habían sido muy amables, acompañada en ambos casos por personas muy queridas. Pero esta vez era diferente. Estaba en un sitio completamente nuevo, sin un techo propio, sin trabajo aún, tratando de comunicarme en otro idioma y sin saber qué es lo que buscaba. En ese momento el ruido de un tren que pasaba debajo de mis pies se llevó consigo algunas incertidumbres y emprendí de nuevo la marcha.

Hastings Street. Cerca del puerto, encontré esta calle y fui caminando hacia el este (ahora sí confirmado). A medida que me alejaba del centro la fisionomía del barrio comenzó a cambiar. Una serie de murales y locales más alternativos me indicaron que el área de negocios y edificios altos se había quedado atrás. Pasé por cafés llenos de clientes concentrados en sus computadoras, alguna barbería, restaurantes de comida veggie, dispensarios de marihuana, tiendas de material para pintar, la Vancouver Film School y, justo a su lado, un restaurante de kebabs y falafels que hace descuento a policías y a los estudiantes de dicha escuela.

Días después me enteré que estaba cruzando la frontera de dos barrios de la más contrastantes entre sí. A la izquierda Gastown, el barrio más antiguo de Vancouver. A la derecha el barrio Chino, uno de los más grandes de Norteamérica.

Seguí mi camino por la interminable Hastings. Es curioso cómo una zona puede cambiar tanto de una calle a otra. Al cruzar Carrall St, el barrio se transformó. Poco a poco empecé a ver gente sentada en la calle, con carritos del súper en el que amontonaban sus pertenencias, algunos vendían cosas usadas. A pocos pasos que daba, me cruzaba con más gente pidiendo dinero, personas con la mirada perdida. Encontrar de pronto tanta pobreza me rompió los esquemas de la ciudad o más bien de lo que esperaba de ésta. Entonces recordé un par de conversaciones que tuve con personas de México sobre esta zona y me cayó el veinte, estaba en el Eastside.

Sin saber si sería buena idea o no seguir en la misma dirección, continué caminando. Me crucé con gente terriblemente castigada por las drogas, ya no era la pobreza si no la adicción lo que lastimaba. Me sentía impotente ante lo que veía. Hombres y mujeres con la piel y la mente destrozada. Jóvenes, adultos, sin distinción de edad. Personas hablando solas, enfadadas con no sé quién –seguramente con todas las otras personas que normalmente no les vemos–, gritando, temblando en los portales de edificios decadentes. También vi cómo traficaban bolsitas de ¿heroína? mientras esperaba que el semáforo peatonal se activara. Lo hacían sin ninguna prisa, con la certeza de que en esa zona a nadie le importa lo que hacen.

Por un momento no podía comprender todo lo que estaba viendo, el paisaje había dado un giro de 180 grados, todo parecía tan degradado. No sabía cómo había llegado a esa zona, pero supe en ese momento que era necesario pasar por ahí para no dejarme deslumbrar por los paisaje hermosos, para reconocer que en todos lados hay sufrimiento, incluso en la idílica Vancouver que tenía en mi mente. Un baño de realidad que agradecí profundamente.

Al seguir avanzando me animó ver que frente a este panorama humano tan desolador, hay gente que reacciona. Descubrí varias entidades sociales que están trabajando en la zona y me reconfortó pensar que, a pesar de todo, siempre hay un poco de esperanza.

En algún lugar de Vancouver por la noche. Después de dejar atrás esa zona de desastre humano, seguí caminando por la misma calle. Tras casi tres horas de andanza y al ver que eso parecía más bien una zona industrial, pensé que sería bueno emprender el camino de vuelta. Ese día aprendí que la ciudad es enorme y que en los mapas las distancias parecen más cortas.

Intentando recortar camino, me metí por calles desiertas y no les veía el fin. Me pareció que estaba en medio de un bosque, había muchos árboles a mi alrededor y ni una sola persona a la vista. Pasé por una especie de templo chino, pero no me atreví a entrar porque parecía demasiado solemne. No había cambiado aún dinero a dólares canadienses, así que no pude tomar un bus que vi pasar a lo lejos. Con resignación y un agotamiento terrible, seguí caminando hasta encontrar un poco de vida humana. Ya más tranquila al comprobar que el mundo seguía girando, fui haciendo paradas para descansar continuamente hasta llegar al barrio de Mount Pleasant.

Esa noche había quedado para ir a cenar a casa de Deni, una amiga mexicana con la que había coincidido en la secundaria y la prepa y con amigas muy queridas en común. Fue un gesto bellísimo que le agradezco enormemente. Me hizo sentir ese calorcito latino que nos lleva a abrir las puertas de nuestro hogar con facilidad. Tras más de diez años viviendo fuera de México, me he dado cuenta que en otros lados no es tan común como me gustaría; por eso he aprendido a valorar aún más esos espacios de cercanía y familiaridad. Fue una excelente manera de acabar el primer día en esta ciudad. 

 

Comentarios

  1. Y lo que te falta por conocer. Grouse Mountain. Te maravillará. Stanley Park. El parque Queen Elizabeth. La zona que yo renombre con cierta maldad como Zombie Street es muy fuerte. Es un teléfono en una ciudad que tiene todo solucionado . No dejes de maravilarte con loa ciruelos en flor ....camina mucho. Hay tanto que conocer en un mundo tan distinto al nuestro . Te abrazo fuerte .

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    1. ¡Tío pelón! Qué bueno tu nickname. Ay sí, lo sé, hay muchas cositas por conocer todavía, lo cual es una maravilla. Y lo de los árboles es precioso, justo para contrarrestrar los días de lluvia que no paran últimamente. Te pensé todo el rato mientras recorría esa calle. Un abrazo fuerte de vuelta.

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